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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 07 de marzo de 2019

Escritores en silencio

Anthony Burgess decía que si tuviera suficiente dinero, dejaría de escribir mañana mismo. Georges Simenon afirmó que la literatura no es una profesión sino una vocación de infelicidad. Borges, el lector eterno, no podía vivir sin escribir porque si no escribía sentía una especie de remordimiento. Primo Levi se hizo escritor porque tenía un deseo intenso de comprender el mundo. Faulkner, después de desempeñarse en diferentes oficios, decidió escribir porque las rutinas de Sherwood Anderson, su maestro, lo encantaron: caminar por las tardes y hablar con la gente, beberse una o dos botellas de whisky por las noches y encerrarse a escribir cada mañana.

Todos los escritores tienen una razón para escribir; tal vez por eso en las entrevistas no faltan las preguntas que indagan sobre cómo sucede este acto. Sin embargo, a pesar de que hay escritores que sienten que la escritura es su vida, de que no podrían hacer otra cosa, de repente deciden no escribir más.

Enrique Vila-Matas, amparado en la figura de Bartleby, el oficinista de Melville que dice siempre: “Preferiría no hacerlo”, escribió un libro interesante sobre aquellos que dejaron de escribir o simplemente les resultó imposible asir la historia que persiguieron toda su vida, hasta que la escritura terminó por volverse un asunto eternamente pendiente. La lista es larga, “Bartleby y compañía” recorre algunos de estos casos que uno lamenta con resignación.

Hace unos cuantos años, Philip Roth e Imre Kertész también anunciaron que ya no volverían a escribir más, y no lo hicieron, se fueron en silencio. El primero justificó su decisión afirmando que ya no sentía el mismo fanatismo de antes por escribir. Un post-it pegado en su computador: “La lucha con la escritura ha terminado”, dejó en silencio hasta la muerte al gran Roth. La frase no pudo ser más diciente. Por su parte, Kertész, sobreviviente de Auschwitz y Buchenwald, afirmó en aquel entonces que tomó su decisión en vista de que su obra, que está relacionada con el Holocausto, había concluido para él. Y así se fue. Solo después de su muerte, justo por estas épocas, pero en 2016, se publicaron sus diarios: “La última posada”.

Aunque algunos piensan que detrás de la no escritura puede haber una estrategia comercial, lo único que yo veo ahí es coherencia con la escritura. Se escribe porque hay una necesidad incontrolable de decir algo; por eso cuando se dice todo lo que se tiene que decir lo mejor es callar. Escribir es un acto hermoso y honesto. Al principio, a nadie más que al escritor le importa. Pocos saben de su lucha con la escritura, nadie depende de una obra que no existe. Un escritor está hecho de soledades que luego se vuelven la compañía de otros. Por eso cuando un gran escritor decide no volver a escribir, a los lectores no nos queda más remedio que refugiarnos, agradecidos, en las maravillosas páginas que fueron. Sin embargo, aún no asimilo la contundente frase que un gran escritor colombiano me dijo en estos días: “Diego, no volveré a escribir nunca más. Las palabras se fueron. Felizmente me quedaré en silencio”.

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