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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado el 11 de agosto de 2022

Esfuerzo y recompensa

Estuve en el pacífico colombiano avistando ballenas. Tras un par de salidas fallidas logramos, al fin, verlas. Fue un momento inolvidable, no solo por la magia inherente al animal, sino por el esfuerzo y la paciencia que dicha actividad demanda. El avistamiento solo puede hacerse en épocas y lugares muy específicos. Yo fui a Nuquí. La señal del celular es pésima; la energía, intermitente; la lluvia, incansable. Abunda el agua en el segundo lugar más lluvioso del mundo; aún así, parte de la región no tiene acueducto. Están tan aislados que sin avioneta de por medio es imposible llegar y sin lancha es imposible moverse. Pero para el avistamiento no basta con desplazarse hasta allá. Aún falta tomar una lancha y esperar al vaivén de las olas, rezando para que el mareo no te alcance antes que las ballenas. A veces lo único que las delata es el vapor de agua que expulsan cuando respiran. A veces asoman el lomo o la cola. A veces se corre con suerte y se ve un salto completo que, por supuesto, nunca te agarra con la cámara lista. Después de verlas, la sonrisa se demora en borrarse porque no hay nada mejor que el esfuerzo recompensado.

Hace poco fui a la Sierra Nevada de Santa Marta porque quería conocer Ciudad Perdida. Un privilegio que exige cinco días de caminata en la cual ni los tenis ni la ropa logran secarse jamás. Juro que en mi vida había visto tantos zancudos ni tanta vegetación. A menudo, cuando relato las dificultades de la caminada y muestro las fotos del destino final, la gente lo primero que me pregunta es si se puede llegar en helicóptero. Yo no sé si se puede, solo sé que llegar en helicóptero sería una manera muy triste de ir. Pisar uno de los principales sitios arqueológicos de Colombia es un derecho que hay que ganarse caminando. Ese es el encanto. Nadie puede caminar por ti. Nadie puede evitarte las incomodidades. El esfuerzo es personal e intransferible. La dicha de lograrlo, también.

En ninguno de los ejemplos anteriores existe la gratificación inmediata y facilista a la que nos hemos malacostumbrado. Nos gusta más la cosmética que la hazaña; el parecer que el ser. Sin embargo, por andar pendientes de la cantidad de likes, no nos damos cuenta de lo patéticos que somos. La paradoja es que en la era más global e interconectada, nuestro mundo se volvió diminuto y complaciente. Tengo la sensación de que muchas personas viven toda la vida esperando llegar al final y no se enteran de que la gracia está en el trayecto con todo y sus múltiples obstáculos. Me pregunto si personas así preferirían nacer viejas y sabias. Algunas dirán que sí. Son las que compran cursillos de inglés cuya promesa de venta es: “Aprende sin esfuerzo mientras duermes”. Las que consiguen los álbumes llenos y compran seguidores para sus redes sociales. Son las que añoran llegar a Ciudad Perdida en helicóptero y prefieren ver ballenas por YouTube para que no las salpique ni media gota de agua 

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