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Julián Posada
Columnista

Julián Posada

Publicado el 18 de julio de 2020

Extraño

Tantas cosas empiezan a escasear y no me refiero solo a aquellas materiales, esta reciente inyección de miedo ante el inminente pico de una pandemia que parece condenarnos a vivir en el encierro convocó de nuevo a muchos a la calle a comprar lo que creen y pueden necesitar para esta nueva pausa, muchos apenas alcanzan a observar desde su angustia el derroche de los otros en una agenda en la que un día parece una semana o un minuto y en la que el futuro es el vacío que representa el punto final de esta frase.

Hay días en que escasea el ánimo que sale de paseo a reunirse con las fuerzas, y es ahí cuando algunos se deshacen como granos de azúcar en este trago amargo, escasea la sonrisa solidaria que acompaña y da cobijo, pues cuesta una carcajada con los ojos cuando el tapabocas es la barrera que nos impide dimensionar la humanidad que subyace en otro, escasean los abrazos, pues se necesita más que un codo para decir te necesito, escasea la certidumbre que prometía la solidez de lo conocido.

Escasean los rituales, nacer y morir producen la misma angustia, la imposibilidad de celebrarlos nos estremece y refleja nuestro malestar emocional, quizás por eso hemos transformado otros espacios en lugares de rito, convertimos la cocina en destino de viajes y sueños que evoca recorridos geográficos, es un atlas de texturas, colores y olores que se pasea por Asia o Europa y desemboca en el Caribe, el Pacífico o la zona Andina, el fuego transforma la rutina que con tanto esmero construimos al picar, procesar, amasar y consagrar los ingredientes antes de ofrendarlos a la alquimia del calor.

Escasea el interés por la memoria y la posibilidad de que construyamos el futuro desde atrás, demolemos los recuerdos de nuestro pasado industrial representados en unos bellos hornos y los destrozamos como quien pica la fotografía del amor lanzado a la deriva, aunque sigamos despreciando y maltratando el pasado él está ahí para recordarnos lo que fuimos, desde la distancia y sin referentes damos pasos de ciego para tratar de caminar hacia adelante, cada estructura demolida representa el avance perverso de los bárbaros, es un hito luminoso que se extingue.

Escasean la prudencia, la empatía y la lógica en este país en el que las palabras tantas veces han antecedido la barbarie, el campo minado de las descalificaciones proviene de quienes desde la institucionalidad deberían más que muchos conocer el calibre y el efecto de cada sílaba, acusar, estigmatizar, generalizar y señalar a los comisionados y a la universidad debería encender las alarmas en todos, pero es solo un titular.

Escasean los encuentros casuales, esos que se daban bajo el alero que servía de refugio a la tormenta, los del parque, el paradero, el parqueadero, el café, la librería, la tienda, el restaurante, la oficina o el museo, esos que te activaban los recuerdos y te permitían saludar a quienes han sido parte de tu historia, esos que te recordaban la gente que llevas en el corazón y meces al ritmo de sus latidos, esa carencia al menos yo, es la que mas extraño.

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