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¿Habrá algo más apremiante para monitorear que esta tecnología avanzada?
Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywanvier7@gmail.com
La inteligencia artificial es una disciplina científica y un mérito tecnológico computarizado y programado que automáticamente es capaz de imitar funciones propias de la mente humana. Nadie puede negar que esta poderosa herramienta de pensamiento extendido que procesa datos, analiza información y resuelve rápido problemas complejos, causa fuerte impresión y, aunque despierta emociones y pensamientos contradictorios, resulta sorprendente como reflejo de la extraordinaria capacidad de la inteligencia humana.
Este asombroso instrumento que (por el momento) no siente nada, no tiene experiencias de vida, no tiene voluntad, no sabe lo que hace y necesita información previa, cumple de igual manera con una condición que atañe a todas las formas de inteligencia: depender de la corriente doctrinal de sus creadores, por lo cual, uno de sus peligros consiste en la comercialización, la eliminación de la neutralidad y la inatajable imposición a escala masiva de un pensamiento único y, por tanto, limitado.
Así como “con primigenio candor” no imaginamos que el desarrollo de las redes sociales se encaminaría hacia la adicción, la ansiedad, la depresión, la sobrecarga de información, la violencia digital que con frecuencia se convierte en violencia presencial, la pérdida de privacidad, las estafas, las noticias falsas y la desinformación, es decir, las crónicas debilidades de la condición humana, sería contraproducente (por decir lo menos) perder la memoria de que los seres humanos somos los únicos animales que tropezamos más de dos veces con la misma piedra. Aún resulta más grave con la IA generativa, encargada de crear contenido nuevo (textos, imágenes, videos y música) a través de las órdenes de usuarios ermitaños interesados en olvidar su soledad mediante cautivadoras pero impersonales herramientas.
Por otro lado, de la conquista de territorios donde prima la sustracción de recursos naturales como la tierra, el oro y la energía, nos trasladamos a la conquista tecnológica de la IA cuya finalidad es el allanamiento de la mente humana, de los datos, la información, la forma de pensar y la libertad y soberanía tecnológica de las naciones. Por añadidura, todo transcurre en medio de una evolución que carece de forma y límites claros, a la vez que los recortes de personal se convierten en norma en el mercado laboral.
Con todo, hay que admitir que la IA ofrece promisorios caminos hacia lo que verdaderamente se necesita: agua y aire limpios, atención médica de calidad y educación para todos. Igualmente, aporta modelos útiles en el área financiera, en la robótica industrial, el software, la creatividad, y demás.
Para que la IA no pierda el control y funcione como complemento y multiplicador de capacidades humanas, se necesita de reguladores, ingenieros y científicos de datos de Silicon Valley, el ecosistema financiero más poderoso del mundo. Urge descentralización del talento y la tecnología, que la facultad jurídica de los Estados fije límites legales frente a desarrollos tecnológicos desbocados y la presencia de la sociedad y la ética internacionales. ¿Habrá algo más apremiante para monitorear que esta tecnología avanzada?