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Un alcalde especial

hace 3 horas
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Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywancier7@gmail.com

El alcalde había conseguido que los habitantes del pueblo visitaran casi a diario la Biblioteca Pública. Aparte de entretener, estaba convencido de que la lectura enriquecía la vida al trascender fronteras, diversificar puntos de vista y generar criterio. Amante de la civilidad, aseguraba que limitar cualquier producción cultural no solo “secaba” el cerebro sino oscurecía el horizonte de las generaciones venideras. El alcalde estaba orgulloso del pueblo y sus residentes, todo parecía jugar a su favor hasta que llegó la siguiente campaña electoral en busca de la Alcaldía.

Entre los candidatos que aspiraban al cargo notó que un rostro petulante (que interpretó como “nada favorable”) destacaba sobre todos los demás. No obstante, tuvo que admitir que sus alocuciones armonizaban con el público e incluso convencían a quienes no creían en falsas promesas. Ni qué decir de la mirada condescendiente y sonrisa cómplice que transmitía superioridad y movilizaciones a la vez que la concurrencia, exaltada y optimista, sentía que sus necesidades serían atendidas.

Sorprendido se dio cuenta que nunca antes había estado expuesto de esa forma al arte de la demagogia, a intensas emociones, miedos y prejuicios, a la facilidad de algunos para “adular al pueblo”. Nadie puede despreciar la cultura y el conocimiento, se decía. Además, era imposible que un aspirante de ese estilo llegara a un cargo de tamaña envergadura y, en cualquier caso, no se preocupaba porque conocía a su gente.

Entre tanto, parodiando la frase del viejo maestro Lao-Tsé “el que sabe no habla, el que habla no sabe”, el aspirante convencido de su triunfo difundía aquí y allá su eslogan favorito: ¡los que saben no leen, los que no leen saben! mientras que con el correr de los días la Biblioteca cada vez permanecía más desierta y el alcalde no se preocupaba porque conocía a su gente.

Finalmente, llegó la hora donde la situación se salió de proporciones y, en medio de la desgracia que calificó de “dimensiones catastróficas y horror de magnitudes inimaginables”, contra todo pronóstico el alcalde despertó. Ante sus ojos surgieron centenares de personas que con carretas y carretillas vaciaron su querida Biblioteca para quemar su contenido. No era la primera vez que la quema de libros se utilizaba como herramienta de censura, adoctrinamiento, hegemonía cultural y vigilancia ideológica. La destrucción de textos en la China de Qin Shi Huang (212 A.C), la hoguera de la Biblioteca de Alejandría (298), la quema nazi en Alemania (1933), la destrucción en la España inquisitorial, las quemas de libros en Estados Unidos durante los años 50, el Estado Islámico en Mosul (Irak 2015), y las feministas en 2019 en la Feria del libro de Guadalajara, habían sido ejemplos de ello.

Preso de la desesperación huyó despavorido de aquel infame lugar condenado a la ignorancia. Desde un destino desconocido y sin retorno jamás emitió palabra alguna ni se dedicó de nuevo a vivir para servir. Quienes lo conocieron lo extrañaron cada día, sabían que pese a todo nunca dejaría de ser una buena persona.

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