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Humildad

hace 1 hora
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Por Lewis Acuña - jwww.lewisacuña.com

Las salas de espera de un aeropuerto son salas de parto cuando se viaja en aerolíneas de bajo costo. Las oraciones son para poder subirse al avión sin inconvenientes, no para que no se caiga.

Uno lo sabe cuando, con la urgencia de ahorrarse la mitad o más de los tiquetes y el miedo es vencido por el entusiasmo de la oferta, los compra. Mejor aún si el ahorro es para varios que ya no les importa no sentarse juntos en su viaje.

Así estaba la sala un lunes festivo al anochecer. Repleta de pasajeros llenos de maletas y cansancio. De ese que necesita descanso del descanso de fin de semana. El que hace desear que ya sea martes para poder madrugar y no saber nada más de playas repletas, taxis con sobrecostos u hoteles abandonados a la carrera antes de medio día.

El vuelo tenía las horas normales de retraso y se podía comer tranquilamente la hamburguesita de esa cadena tan popular y exclusiva de la que se conocen los precios, pero que en un aeropuerto eleva su estatus y los costos van por las nubes. Todo normal hasta el llamado a abordar.

Los pasajeros ocuparon el lugar de las maletas que habían ido dejando como una fila simbólica cuidando los puestos frente al counter. Entre ellos comentaban que el check-in por la app no fue posible hacerlo y por eso habían llegado desde más temprano. Ya sabían algo.

Salvo uno. El hombre que compró el tiquete más caro de un vuelo económico. Incluso creyó que tenía clase. Llegó tranquilo. Se encaminó directo al mostrador mientras buscaba el código en la app del celular apenas mirando de reojo a toda esa gente que pagó lo más barato meses atrás.

La señorita de la aerolínea, que atajaba la ansiedad de los que abordarían, apenas si levantó la cara y su brazo para señalarle donde estaba la fila que debía hacer. Indignado golpeó el mostrador y exhibió con la otra mano su código de boleto. Con un tono de voz que se debió escuchar en su ciudad de origen, le dijo que tenía que abordar ese vuelo y que era de primera clase.

Ella dijo entenderle, pero que el vuelo estaba sobrevendido y sería en orden de llegada quienes se subieran. Que con gusto le ayudaría, pero debía atender a los que ya estaban en la fila. Él tipo se enfurece y grita: “¿Usted tiene idea de quién soy yo? ¡Haga algo ya mismo!”.

Sin dudarlo, ella sonrió, tomó el micrófono del altavoz y dijo: —Atención, por favor, tenemos aquí, en la puerta 14, a un pasajero queno sabe quién es. Si alguien puede ayudarlo a identificar su identidad, por favor acérquese a la puerta 14.

La humildad no le resta fuerza al respeto. Lo dota de dignidad y del tipo de poder que no obliga a ceder a los demás, sino el que demuestra con actos simples, que entiende su lugar entre ellos y que simplemente se es uno más.

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