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Nostalgia de una política de la buena

La política se percibía como una actividad trascendental. Llegar a una posición de autoridad suponía conocimiento, recorrido, y preparación.

hace 2 horas
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  • Nostalgia de una política de la buena

Por Federico Hoyos Salazar - contacto@federicohoyos.com

Crecí viendo las noticias con mis papás después de la comida. Era un ritual doméstico. Recuerdo con claridad que los políticos de los años noventa eran, ante todo, serios. Vestían con sobriedad, hablaban con cuidado y, de alguna manera, lograban reflejar —en las formas y en el fondo— la importancia del cargo que ocupaban. Había una correspondencia entre lo que representaban y cómo se comportaban.

La política se percibía como una actividad trascendental. Llegar a una posición de autoridad suponía conocimiento, recorrido, y preparación. Cuando hablaba el Presidente se escuchaba. Las entrevistas a alcaldes, gobernadores o ministros giraban en torno a ideas, políticas públicas y visión de país.

Pienso, por ejemplo, en aquella entrevista a Álvaro Gómez Hurtado en la que hablaba con naturalidad sobre ecología, Aristóteles, Aldous Huxley, el arte e incluso la muerte. Más allá de coincidencias o diferencias ideológicas, ese ejercicio intelectual decía mucho del nivel del debate público de la época.

Durante mi infancia y juventud la televisión era la reina. Unos pocos minutos al aire significaban posicionamiento, reconocimiento y un alcance hoy difícil de dimensionar. Quizá por eso, el tiempo era valioso y los líderes públicos se limitaban a decir lo esencial. La televisión funcionaba como el viejo Twitter: pocos segundos, pero al aire. Cada palabra contaba.

Hoy ocurre lo contrario. La abundancia de canales de comunicación ha generado un abuso del tiempo y de la palabra. Los políticos hablan de todo: de lo divino y de lo humano, pero sobre todo de lo humano; de sus gustos, hobbies, rutinas e incluso de intimidades absolutamente innecesarias. Pasamos del político de Estado al político corriente.

Ese cambio se nota con fuerza en el lenguaje. Transitamos de valorar la oratoria y la argumentación lógica a exaltar la “comunicación estratégica”; de la construcción cuidadosa de discursos a la edición frenética de tik toks; de intentar conquistar las mentes y los corazones, a promover la indignación como estrategia permanente.

Otro retroceso evidente es la personalización del debate. Hay exceso de señalamiento, de rabia dirigida al opositor. Cuando abundan los adjetivos, escasean las ideas. Esa ira expresada desde las instituciones termina irradiándose al ciudadano, volviéndolo más efervescente, más intolerante, más visceral.

Prefiero —y anhelo— a esa generación que privilegiaba las ideas sobre las emociones, que perseguía la grandeza y que, con su comportamiento, se convertía en referente. La imagen de la firma de la Constitución del 91, con liberales, conservadores, minorías y antiguos alzados en armas alcanzando un pacto en medio de profundas diferencias, es un recordatorio de que la política puede ser importante, digna y esperanzadora.

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