Pido perdón, señores lectores, por trasladar a ustedes una miscelánea de sentimientos que me embarga al momento de escribir esta columna ante un evento estrictamente personal.
“Aquí comienza ‘felices por siempre’”, dice en un tablero de tiza, pero escrito con pintura imborrable, que recibe a los invitados a la fiesta de matrimonio de mi hija. Pienso en la frase y deseo que así sea, aunque sé que habrá momentos de dudas, temores, incertidumbre, aburrición y ganas de devolverse.
La vida pasa rápido. Cuando uno menos se lo espera los hijos están listos para emprender el vuelo y dejar el nido medio vacío. Y digo medio no solo porque aún queda otro hijo en casa, sino porque creo que nunca se irán del todo, que siempre volverán por un abrazo, por un...