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Por Felipe Jaramillo Vélez - opinion@elcolombiano.com.co

La universidad, una casa muy grande

hace 6 horas
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  • La universidad, una casa muy grande
  • La universidad, una casa muy grande

Por Felipe Jaramillo Vélez - opinion@elcolombiano.com.co

Durante años, muchas universidades crecieron con la confianza casi ingenua de quien amplía una casa porque supone que siempre llegarán habitantes. Se levantaron nuevos edificios, se contrataron más personas, se multiplicaron procesos, se abrieron programas, se extendió la cobertura y se hizo cada vez más compleja la estructura administrativa y académica. Todo parecía responder a una promesa de expansión indefinida. Sin embargo, pocas instituciones advirtieron a tiempo que la demanda estudiantil podía caer, que la oferta educativa crecería de manera acelerada y que el prestigio histórico ya no bastaría para llenar las aulas. Casi sin darnos cuenta, la universidad terminó convertida en una casa muy grande: noble en su propósito, valiosa en memoria, pero cada vez más difícil de sostener.

El problema no es simplemente financiero. Sería cómodo reducirlo a una ecuación de ingresos y gastos, matrículas y nóminas, cupos disponibles y estudiantes matriculados. Pero lo que hoy viven muchas universidades es más profundo: es una crisis de sentido, de proporción y de época. La casa creció bajo unas reglas del mundo que ya no existen. Creció cuando estudiar una carrera profesional era el único camino legítimo de ascenso social; cuando el título universitario tenía un peso simbólico incuestionable; cuando las familias estaban dispuestas a hacer enormes sacrificios para que sus hijos fueran “doctores”; cuando la universidad era, para muchos jóvenes, la puerta principal hacia el futuro.

Hoy habría que volver a barajar, lo cual no implica empobrecer la universidad ni renunciar a su misión. Al contrario, significa proteger aquello que la hace necesaria. Una universidad no es una empresa de títulos, ni un centro comercial de programas, ni una fábrica de profesionales en serie. Es una institución que conserva, produce y transmite conocimiento; que forma criterio; que enseña a pensar; que cuida la conversación pública; que investiga; que crea comunidad; que ofrece a los jóvenes algo más que empleabilidad: les ofrece mundo. Esa tarea sigue siendo irremplazable, pero necesita nuevas formas de organización para poder sostenerse.

¿La casa grande debe cerrarse? Nunca, pero sí debe aprender a habitarse de otra manera. Debe abrir sus puertas a públicos distintos, a lo largo de toda la vida, no solo a jóvenes recién graduados del colegio. Debe conversar mejor con las empresas, con los territorios, con los egresados, con los gobiernos locales, con los emprendedores, con los adultos que necesitan volver a aprender y con quienes nunca encontraron una ruta de entrada.

La metáfora de la casa muy grande no debe leerse como una condena, sino como una advertencia. Las universidades siguen siendo una de las instituciones más importantes de cualquier sociedad democrática. Pero precisamente por eso no pueden vivir de la inercia. Una casa grande puede convertirse en carga, pero también puede convertirse en refugio, laboratorio, taller, plaza pública y punto de encuentro. Todo depende de si sus habitantes tienen el coraje de mirar las grietas, mover los muebles, cerrar algunas habitaciones, abrir otras y preguntarse, con honestidad, quiénes necesitan hoy entrar y qué esperan encontrar cuando crucen su puerta.

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Por Felipe Jaramillo Vélez - opinion@elcolombiano.com.co

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