No recuerdo la primera vez que vi el mar. Crecí en el Caribe y su presencia es como el cielo, como los árboles, como las ranas después de la lluvia. Es parte de mi paisaje, de los códigos de mis ojos y de mi piel. El mar me gusta. El mar también me pone -melancólica. No sé si es porque sus dimensiones me hacen sentir infinitamente pequeña. Frente a las olas me he puesto a pensar en la inmensidad del universo y no dejo de preguntarme qué somos. A veces nos creemos trascendentales, pero en realidad somos ínfimos. Quizás me embarga la nostalgia porque nadie goza el mar como un niño, y como mientras iba creciendo el mar y la arena eran un par de juguetes más, me duele al pensar que la infancia ya se ha ido. Que me queda de ella nada más lo que retiene...