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Julián Posada
Columnista

Julián Posada

Publicado el 13 de agosto de 2022

Gula

Esta semana murió Julián Estrada, el amigo que deambulaba por tres chats y con el que conversaba de tantas columnas de estas que publico cada sábado, al que conocí desde antes de que abriera su restaurante italiano en el segundo parque de Laureles, al que veía en Bazarte —donde, creo, nos habían presentado—, el que publicaba textos en aquel Sobre Arte que editaba el artista Carlos Echeverry, el que inauguró con doña Gula las amables críticas gastronómicas en la prensa, el escritor del diario El Mundo, el que frecuentó durante muchos años el almuerzo de los jueves en la Galería de la Oficina —almuerzos que de paso remataban en su Niágara / Cinco puertas flambeados con alcohol y más historias—, el profesor de tantas universidades, el investigador, el que nos mostró la riqueza de la despensa colombiana, el antropólogo, el cocinero, el que dijo que en materia gastronómica “Colombia es un continente”, el narrador ameno de las mejores anécdotas sobre los orígenes de recetas y sazones, el sibarita, el anfitrión atento que recibía en su Queareparaenamorarte a todos con una sonrisa y algún guaro, el auto nombrado “fabricante de borrachos”, el personaje con el que tantas veces me confundieron y al que otras tantas confundieron conmigo, muchas veces mi teléfono sonó para invitarme a algún lugar de este país a hablar de cocina. Obviamente, no era a mí a quien buscaban.

Lo que más cuesta de despedir amigos no es verlos regresar a la tierra. Hoy resulta más fuerte y más difícil decretarles la muerte digital, eliminarlos de las redes y de los grupos de WhatsApp, borrar su contacto telefónico y convertirlos en presencia en la nube, cuesta resistirse a volver a oír los mensajes de voz enviados o las fotografías compartidas. Los grupos siguen ahí. Nadie se atreve a despedir al ausente, cada uno de sus miembros está siempre esperando atento a que el espíritu responda.

Aunque a veces uno se resiste a evocarlos, la vida es la suma de recuerdos, y la memoria el lastre que los lleva a cuestas. De repente, cuando alguien parte, uno vuelve a evocar y a fabular las experiencias compartidas y las memorias de esos momentos vividos en común. Uno se marcha para revivir a través de las anécdotas y permanecer en el recuerdo y en la memoria de otros, el que viaja va a un exilio de ceniza, se convierte en eco. Pasamos para que otros lleguen.

En una temprana obra de Eurípides llamada Alcestis se cuenta cómo el rey Admeto es salvado por su esposa, que consiente morir en su lugar, pero finalmente es arrebatada de la muerte por Heracles. Alcestis y Heracles terminan reuniéndose en un prometedor futuro. En esa obra apareció por primera vez la locución latina Sit tibi terra levis, que traduce algo como “que la tierra te sea leve” y que podría ser el epitafio para tantos ausentes a los que uno aprecia y admira 

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