Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 27 de diciembre de 2018

Historias de locos bajitos (32)

El primer gran misterio que enfrenté no fue el de la Santísima Trinidad que me sigue provocando insomnio. Nunca me robó el sueño la fórmula de la relatividad de Einstein: E=mc2.

Con el tiempo he procurado aplicar la receta de la felicidad que le escuché a Antanas Mockus: A (felicidad) = X (trabajar)+Y (jugar)+Z (callarse la boca). Aunque la de Greta Garbo también es certera: Para ser feliz hay que tener buena salud y mala memoria.

Retomo el hilo. El primer misterio que me salió al paso fue el relacionado con la identidad del Niño Dios. Le respiraba en la nuca la ficción sobre los reyes magos.

Creíamos que si el Niño no traía lo que pedíamos el 24 de diciembre, lo harían los reyes, ricos por inercia. De allí que les pusiéramos zapatos detrás de la puerta para que se manifestaran el 6 de enero.

Durante mucho tiempo me comí el cuento de que el Niño Dios era el hijo de José, buena persona pero incumplido como todo carpintero.

El misterio lo resolvió el teólogo de pantalón cortico y sin zapatos de la cuadra: Atembados, el Niño Dios es el taita.

A lo mejor, de ese doble misterio nació mi afición a coleccionar historias de bajitos. Retomo algunas:

Era Navidad y le habíamos regalado un corte de tela a la mamá de Sebastián, 6 años. Una tía le preguntó: ¿Qué le trajo el Niño Jesús a tu mamá? Respuesta: Un vestido sin hacer.

- Magia es sacar un conejo de un sombrero. Abuelito: ¿tú puedes sacar a Dios de un sombrero? (José Luis, 4 años).

Cuando era niño creía que Dios era una puerta que se abría y se cerraba (En la película 8 1/2, de Fellini).

Laura, 6 años, intrigada, le dice a su mamá: Mami, me gustaría algún día conocer a Dios. ¿Y qué le dirías? Nada, mami: Sólo quiero saber qué tan grande es.

A los diez años, Luis Ernesto sorprendió a su padre: Pero Dios existe, ¿cierto? ¡Porque a Dios no me lo pierdo!

Reclamo al Niño Dios: Por favor, pon un poco de vacaciones entre la Navidad y la Semana Santa. Es que ahora no hay nada en medio.

En su primer viaje en avión, Carolina, de nueve años, después de mirar en todas direcciones pregunta: Tía, ¿y dónde está Dios?

La madre le sugiere a Martín, 4 años, que se acueste porque ya viene el Niño Dios con los traídos: No conozco a ese niño y no quiero que entre en mi cuarto.

¿Mamá, el Niño Dios muda los dientes como yo?, Carolina, 4 años).

Tomás, 6 años: Mami, el Niño Dios no me entendió la letra. Le pedí una bicicleta y me trajo una patineta.

¿Si diciéndole a Diosito que no quiero morir no me muero? Pienso en Diosito: no me moriré. (Juan, 4 años).

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