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Ana Mercedes Gómez M.
Columnista

Ana Mercedes Gómez M.

Publicado el 08 de abril de 2015

IN MEMORIAM: UNA MUJER POLIFACÉTICA

Elisa Tascón Martínez acaba de pasar a ese estado que los cristianos llamamos Plenitud. Y no lo hizo cualquier día sino el Viernes Santo, cuando recordamos la muerte de Jesús de Nazaret. Por rituales del Catolicismo sus exequias tuvieron que esperar hasta el Domingo de Resurrección, el mismo día en que Jesús trascendió y regresó a la Casa del Señor, enseñándonos que quien muere no se acaba sino que se transforma. Con razón Calixto escribió que “Estamos amenazados de Resurrección”.

Elisa, en alma y espíritu, debe estar en el Cielo haciendo reír a sus seres queridos, dentro de los que se incluyen no solo sus padres, hermanos y amigos sino quienes fueron sus jefes en EL COLOMBIANO: Julio C. Hernández, Juan Zuleta y Fernando Gómez. Y cómo no mencionar a Luis Fernando Vélez Ferrer, Velezefe. En la Tierra nos hizo reír a muchos, haciéndonos más ligera la carga y enseñándonos que vinimos a este mundo para ser felices y servir al bien común.

Eran deliciosas y didácticas las tertulias de las cuatro de la tarde en el Bar Benitín. En las que siempre estaban Zuleta, Gómez, Velezefe y Elisa. No fueron pocas las veces en que otros nos colábamos y entre charla y charla aprendíamos mucho. Sin demeritar el paso por la Universidad, estas tertulias eran una maravillosa cátedra libre.

Es curioso, pero Elisa saludaba con palabras de grueso calibre a aquellos a quienes más quería. Con ella se comprobaba una y otra vez que la palabra solo representa un quince por ciento del mensaje, porque su mirada, su sonrisa, su tono de voz, su posición corporal decían todo lo contrario de lo que significaban esas palabras: te amo, te aprecio, te admiro, te quiero ver una sonrisa.

Quienes trabajamos con ella nos admirábamos de la rapidez y pulcritud con la que escribía, primero en una Remington y luego en un computador. Nos ganaba en ortografía a casi todos los periodistas.

Elisa les recordaba a sus jefes una bella costumbre que había en el periódico: dar varias bonificaciones al año con cualquier pretexto o cuando alguien ganaba un premio. Era una manera de compartir las ganancias con todos los empleados. Pero también se daban bonificaciones en épocas de vacas flacas, lo que nos animaba y empujábamos para volver a las vacas gordas. Y a fe que lo lográbamos.

Pero Elisa, tan alegre y parlanchina, sabía qué significa ser secretaria: guardaba los secretos que había que guardar y transmitía serenidad en los momentos difíciles, que fueron muchos durante las dos etapas en que estuvo en EL COLOMBIANO. Ella se jubiló, pero volvió ante un llamado de ayuda de quien esta nota escribe y se quedó muchos años más, dejando huella en varias generaciones que coincidieron con ella en esta casa periodística.

Como buena mujer, tenía un ojo para saber quién era sincero y quién no lo era, quién era auténtico y quién, un impostor. El que lea esto podría concluir que Elisa tenía muchos amigos, pero no. Tenía muchos conocidos, en parte por su cargo, pero muy pocos amigos. Pensando en ellos no puedo dejar de mencionar a Gustavo Álvarez Gardeazábal. Qué bueno que él, con esa pluma ágil y maravillosa, escribiera sobre ella.

Elisa, que tanto hacía reír, necesitaba momentos de soledad para estar consigo misma. Y otros, para contemplar a sus sobrinos y sobrinos nietos para quienes guardaba lo mejor de su generoso corazón. ¿No es así Luisa Fernanda?

En resumen, Elisa fue una mujer polifacética pero siempre ética y leal. Quienes la conocimos y queremos le decimos hasta luego. Cuídanos desde ese Cielo al que has llegado con tu carga de alegría y amor.

*Algunos de los recuerdos de sus compañeras.

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