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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 14 de marzo de 2019

Ir a la biblioteca

El día que asistí a la reapertura de la Biblioteca Pública Piloto (BPP) y vi la remodelada sala de lectura infantil, Pedrito Botero, supe que ese lugar, que quedó como una bellísima pecera donde pueden navegar niños y libros, sería un lugar perfecto para un encuentro mágico con mi sobrino de casi tres años.

Pedro y yo habíamos leído de muchas formas en su casa, él había definido cuál libro era su favorito y por eso se lo comía con interés cada que intentábamos leerlo. Siempre me ha gustado ese primer instinto carnívoro de los niños hacia los libros, habla perfectamente de que ante una buena historia, el apetito siempre será voraz. Sin embargo, Pedro y yo nunca habíamos salido solos, siempre estaban presentes sus padres o mi madre y dábamos vueltas por ahí sin ningún propósito. Por eso, apenas vi lo linda que quedó la BPP, supe que por fin podría armar un plan en solitario con mi sobrino.

Yo no sé si para Pedro ese momento haya sido importante, uno de grande olvida muchas cosas, pero yo jamás olvidaré que cuando lo recogí en su casa tenía un dinosaurio verde y una maletica con su media mañana. En el carro le conté que íbamos para la biblioteca, una muy importante en la ciudad llamada Biblioteca Pública Piloto, una a la que yo iba a leer sin ningún propósito hasta perderme en historias al azar. Él me escuchaba atento. ¿Qué quieres que leamos?, le pregunté. “Historias de dinosaurios”, me dijo.

Cuando llegamos y vio esos pasillos largos de la biblioteca, salió corriendo como si fuera libre entre libros, y yo lo dejé, corriendo también se descubren los libros y las bibliotecas. Luego entramos a la pecera de las historias para niños y entre los dos seleccionamos libros por sus formas o porque sencillamente intuíamos un contenido. La persona que estaba encargada de la sala, mientras tanto, nos buscó libros de dinosaurios. Ese día entendí muy bien lo que escribió alguna vez Yolanda Reyes, que mientras los padres leen con los hijos, los niños tienen la certeza de que mientras dure la historia, papá o mamá no se irán. Claro, lo que yo sentí fue que mientras Pedro y yo leyéramos él no se iría de mi lado. Antes de irnos, llevamos libros para él y para su hermano menor.

Como a Pedro le gustó ir a la biblioteca, decidimos volver, ya es un plan entre él y yo, incluso más importante de lo imaginado, porque resulta que un día, en una de esas peleas entre hermanos, Pedro le dijo lo siguiente a su hermanito de casi dos años: “Jacobo, si sigues con ese comportamiento, el tío Diego jamás te llevará a la Biblioteca Pública Piloto”. Jacobo lo miró muy conmovido y no tuvo más opción que llorar. Desde ya me sueño el momento en el cual podamos ir los tres a la biblioteca

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