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Yo siento que hoy mi visión del mundo es más rica, no porque haya acumulado una lista de ideas nuevas, sino porque mi exposición a ellas ha transformado quién soy.
Por Javier Mejía Cubillos - mejiaj@stanford.edu
Yo no soy politólogo, pero por azares de la vida terminé trabajando en un departamento de ciencia política—quizá el mejor del mundo, por cierto. Desde mi llegada, hace cinco años, he descubierto una forma completamente distinta de pensar el mundo; una que me ha enriquecido de muchas formas. De eso quiero hablar hoy; de cómo alguien que viene de lejos ha aprendido de la forma de pensar de los politólogos y qué ha ganado con ello.
Para empezar, es difícil no notar que el objeto de estudio de los politólogos es bastante más acotado que el de otros científicos sociales. Mientras la economía, la sociología o la antropología se sienten cómodas explorando casi cualquier fenómeno social, la ciencia política se ha resistido a ese impulso expansivo y se ha concentrado en pensar el poder y, sobre todo, el Estado. En ese sentido, los politólogos se parecen más a los médicos o a los geólogos, que tienen objetos de estudio concretamente delimitados. Sin embargo, a diferencia de ellos, los politólogos no entienden ese objeto como una cosa con una esencia propia, sino como un ecosistema que resulta de la interacción entre actores con agencia, con intereses diversos, limitados por reglas, códigos y prácticas en constante cambio.
De allí viene otro de los rasgos distintivos del pensamiento del politólogo: el énfasis en el contexto. El contexto es tomado tan en serio que la principal categorización del oficio está basada en él. Existen dos grandes tipos de politólogos, que se diferencian por el contexto que estudian: los que estudian Estados Unidos y los que no. Los primeros—que son la mayoría—deben conocer en detalle la historia del país, el funcionamiento de sus instituciones y su marco legal, pero también sus prácticas informales, sus actores, sus creencias, y sus códigos de conducta. Los segundos, usualmente llamados comparativistas, son menos numerosos y suelen organizarse en comunidades más pequeñas, especializadas en regiones específicas, donde se exige un conocimiento igualmente profundo del contexto.
De esta forma, la ciencia política se distancia de disciplinas que privilegian la generalidad—como la economía—pero también de aquellas que se concentran en la particularidad—como buena parte de las humanidades. El politólogo se mueve hábilmente entre ambos extremos, hablando de países enteros con una exhaustividad que pocas veces se espera de cualquier otro científico social moderno.
Una tercera característica de la visión del politólogo es la forma en que entienden los métodos. En ciencia política, los métodos rara vez son el punto de partida; son, más bien, herramientas al servicio de preguntas sustantivas. Con esto la ciencia política se aleja una vez más de la economía, donde un par de métodos—i.e. la teoría formal y la inferencia causal—estructuran la conversación de la disciplina completa. En este aspecto, la ciencia política se parece más a campos como la arqueología, donde todo método que pueda iluminar una pregunta relevante es bienvenido.
Un último rasgo para resaltar tiene que ver con cómo los politólogos abordan la dimensión normativa. A diferencia de la aspiración aséptica de disciplinas como la ingeniería, donde se busca separar con nitidez la descripción del mundo de las preguntas sobre cómo debería ser aquel, en la ciencia política esa frontera es mucho más porosa. Las raíces de la disciplina en la filosofía moral la hacen conectar con naturalidad las preguntas sobre cómo funciona el mundo con aquellas sobre la bondad de él y los dilemas que traería transformarlo.
Estar expuesto a esta forma de pensar me ha ayudado a ver el mundo de manera más práctica y conectada con la realidad. Me ha llevado, además, a valorar un tipo de conocimiento cotidiano —el que se acumula observando, leyendo noticias, conversando, escuchando— que antes tendía a subestimar. También me ha permitido aprender de quienes usan herramientas muy distintas a las mías y, al mismo tiempo, explicar mejor por qué los métodos que yo utilizo producen conocimiento válido a quienes usan otros diferentes.
Ahora bien, no todo ha sido color de rosa. El foco temático de la disciplina, y su sesgo hacia Estados Unidos, también me ha alejado de preguntas estimulantes y fenómenos que sigo considerando indispensables para entender a la sociedad. Del mismo modo, en medio de la heterogeneidad metodológica de la comunidad, es común encontrar muchas conversaciones ligeras que me hacen extrañar el rigor de la teoría formal.
Pero más que plantear un balance de costos y beneficios, quisiera cerrar con la implicación de una frase que suele atribuirse a Anaïs Nin y que, creo, resume bien mi recorrido por la ciencia política: “No vemos las cosas como ellas son, sino como nosotros somos”. Yo siento que hoy mi visión del mundo es más rica, no porque haya acumulado una lista de ideas nuevas, sino porque mi exposición a ellas ha transformado quién soy. Y esa quizá sea la única forma honesta de entender la interdisciplinariedad, una palabreja que se repite por doquier en la Academia, pero que rara vez se toma en serio. Practicarla más que sumar herramientas, es dejar que ese encuentro nos cambie. Y eso es difícil, pero justamente por eso es valioso.
Por eso, a quien quiera pensar la sociedad con mayor profundidad, lo invitaría —si tiene la oportunidad— a exponerse al reto de habitar otra comunidad, de sumergirse en ella y permitir que su identidad se transforme en lo que tenga que ser. Solo cambiando uno, cambia la forma en que se entiende el mundo.