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La izquierda nunca desaprovecha la oportunidad de dividirse

En Colombia, las tensiones entre el corazón del petrismo y parte del movimiento feminista—que ante las mieles de los contratos parecían menores—empiezan a hacerse visibles nuevamente.

hace 3 horas
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  • La izquierda nunca desaprovecha la oportunidad de dividirse
  • La izquierda nunca desaprovecha la oportunidad de dividirse

Por Javier Mejía Cubillos - mejiaj@stanford.edu

Durante todo el siglo XX, la izquierda latinoamericana se caracterizó por su fragmentación. Detrás de las consignas compartidas contra el capitalismo, las oligarquías y el imperialismo, coexistían profundas divisiones ideológicas que enfrentaban a maoístas, trotskistas, guevaristas, y un sinfín de otras corrientes. Aquellas diferencias tenían mil matices, pero giraban alrededor de dos grandes preguntas. La primera era cómo hacer la revolución, es decir, cómo llegar al poder. La segunda, cómo construir el socialismo, es decir, cómo transitar a un sistema en el que el trabajador no fuera explotado.

Eso empezó a cambiar en los noventa. Tras la creación del Foro de São Paulo y, posteriormente, la marea rosa, buena parte de la izquierda latinoamericana inició un proceso de convergencia que habría parecido imposible para las generaciones previas. Tres grandes fuerzas hicieron posible esa convergencia.

La primera fue el fracaso evidente de los proyectos armados. Esto resolvió buena parte de los debates sobre cómo hacer la revolución. Las interminables discusiones acerca de la conveniencia o no del foquismo fueron eclipsadas, poco a poco, por un creciente consenso alrededor del potencial de las elecciones como mecanismo para llegar al poder.

La segunda fue la caída del Muro de Berlín y el desprestigio de los experimentos comunistas. Al igual que ocurrió con la izquierda europea, las prioridades programáticas en la región comenzaron a desplazarse desde las grandes discusiones sobre la organización de la economía hacia cuestiones culturales y simbólicas. Con el tiempo, la identidad de izquierda pasó a definirse menos por su postura socialista y más por sus posiciones sobre identidad de género, reconocimiento de minorías étnicas, derechos de los animales y protección del medio ambiente.

La tercera fuerza, y probablemente la más importante, fue el acceso al poder y a las rentas del Estado. Gobernar creó incentivos extraordinariamente poderosos para cooperar. Algunos fueron explícitos; otros, no tanto.

El caso paradigmático fue el chavismo. Una vez en el poder, ningún otro movimiento de izquierda en Venezuela pudo competir con la capacidad del PSUV para ofrecer subsidios, empleos, e inmunidad. Pero el clientelismo fue solo una parte de la historia. El gigantesco presupuesto público, multiplicado por un petróleo que durante años superó los cien dólares por barril, permitió financiar medios de comunicación, centros de pensamiento, organizaciones sociales y proyectos culturales que terminaron monopolizando buena parte del debate público alternativo. De allí surgió un canon ideológico que homogeneizó a la izquierda venezolana y, al mismo tiempo, financió las redes regionales encargadas de exportar ese modelo al resto del continente.

Fue sobre esa infraestructura política, mediática e intelectual que se apoyaron muchos de los movimientos de izquierda que llegarían posteriormente al poder en América Latina y que, una vez allí, replicarían mecanismos similares. Brasil, Ecuador, Bolivia y, más recientemente, México y Colombia ofrecen distintos ejemplos de ese fenómeno.

La pregunta es, entonces, si la cohesión de la izquierda sobrevivirá a un nuevo ciclo electoral que los ha sacado del poder; porque, si bien las dos economías más grandes de la región—Brasil y México—siguen gobernadas por la izquierda, doce de las últimas quince elecciones presidenciales latinoamericanas han sido ganadas por candidatos de derecha.

La reducción de la financiación pública tendrá varias consecuencias. Muchos de los activistas que durante años sostuvieron las narrativas de los gobiernos de izquierda deberán buscar otras fuentes de ingresos o retirarse parcialmente de la vida pública. Quienes permanezcan dependerán de una gama mucho más diversa de patrocinadores e incentivos, líderes políticos específicos, organizaciones internacionales, fundaciones o donantes privados. Esa mayor dispersión reducirá la capacidad de coordinación y hará más difícil producir la narrativa común que caracterizó a la izquierda latinoamericana durante las dos últimas décadas.

Pero, además, en ausencia del dinero que mantenía unidas a muchas de esas coaliciones, comenzarán a reaparecer diferencias ideológicas que nunca desaparecieron del todo. Esto ya se vio en Ecuador, donde las tensiones entre el desarrollismo correísta y los movimientos indígenas y ambientalistas explotaron luego de la salida de Correa del poder. Similarmente, en Colombia, las tensiones entre el corazón del petrismo y parte del movimiento feminista—que ante las mieles de los contratos parecían menores—empiezan a hacerse visibles nuevamente.

Las presiones centrífugas tampoco provienen únicamente del fin de las rentas estatales. También están cambiando las condiciones intelectuales y sociales que hicieron posible la convergencia ideológica de la izquierda. En Europa y Estados Unidos, la centralidad de las guerras culturales empieza a ceder frente a preocupaciones más materiales. Algo similar comienza a observarse en América Latina. Después de una década de bajo crecimiento económico y aumentos en la criminalidad, las demandas ciudadanas vuelven a concentrarse en el empleo, la seguridad y el nivel de precios. Los esfuerzos por dar respuesta a esas demandas empezarán a erosionar la cohesión alrededor de los temas culturales.

Así las cosas, si esa tendencia continúa, América Latina podría recordarnos el viejo comentario del laborismo británico: la izquierda nunca desaprovecha la oportunidad de dividirse.

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