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Por Jimmy Bedoya Ramírez - @CrJBedoya

¡A propósito del Mundial!

Cuando un balón reúne lo que tantos discursos separan, la pregunta no es qué hace el fútbol por Colombia, sino qué puede aprender Colombia del fútbol.

hace 3 horas
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  • ¡A propósito del Mundial!

Por Jimmy Bedoya Ramírez - @CrJBedoya

Cada cuatro años, el Mundial de fútbol nos recuerda que el planeta se organiza alrededor de emociones compartidas. Las fronteras no desaparecen, aunque se difuminan, las banderas narran historias; los himnos dejan de ser protocolo y se sienten como oda de pertenencia. El fútbol, con sus contradicciones, es uno de los pocos lenguajes universales. Lo entiende el niño que juega en una cancha de barrio, el migrante que sigue a su selección desde lejos y la familia que se reúne frente al televisor para sentir que el país respira al mismo ritmo.

Es una competencia deportiva, y un acontecimiento geopolítico, cultural y simbólico. Toni Padilla, historiador y periodista español, en su libro “El historiador en el estadio”, recuerda que el fútbol nunca ha estado separado de la historia ni de la política: en los estadios habitan banderas, himnos, escudos, cantos, heridas sociales y relatos de nación. Detrás de cada camiseta hay una comunidad que se reconoce; detrás de cada gol, una emoción colectiva; detrás de cada selección, un país intentando contarse a sí mismo.

En el contexto actual colombiano, la Selección tiene un significado especial. En una sociedad atravesada por la polarización, la desconfianza institucional y la fatiga del conflicto verbal, la camiseta amarilla conserva una potencia afectiva difícil de reemplazar. La usan quienes piensan distinto, quienes viven en regiones distantes y quienes han sufrido el país de maneras diversas. La Selección no borra las diferencias, sin embargo, logra algo que la política pocas veces consigue: suspenderlas por un instante.

Ese instante no es menor. Alrededor de un partido se reactivan conversaciones, se comparte la mesa, se abraza al desconocido y se grita un gol en una sala, una tienda de barrio, una oficina o una plaza pública. El fútbol crea pedagogía emocional de la unidad. Nos recuerda que la nación se construye con normas, instituciones y discursos, y símbolos capaces de producir reconocimiento mutuo. En tiempos de fragmentación, esos símbolos son reservas morales de unidad. Aunque no resuelvan problemas de seguridad, pobreza, corrupción o desigualdad, permiten reconocer un “nosotros” posible. Colombia necesita reconstruir confianza, y ese proceso empieza por admitir que ningún proyecto de país puede levantarse sobre el desprecio del otro.

El Mundial puede ser leído más que una fiesta deportiva. Es una oportunidad para observarnos como sociedad. ¿Qué nos une cuando no estamos discutiendo? ¿Qué símbolos seguimos respetando? ¿Qué emociones compartidas sobreviven a la polarización? ¿Qué país se revela cuando rueda el balón y volvemos a mirarnos como una misma historia?

A propósito del Mundial, Colombia debería entender que los símbolos compartidos no son adornos patrióticos ni mercancías emocionales. La Selección no pertenece a una sola Colombia: caben regiones, generaciones y esperanzas. Es de todos los colombianos que, en medio de diferencias, encuentran en una camiseta, un himno y un gol la posibilidad de sentirse parte de una misma historia. Cuando un balón logra reunir lo que tantos discursos separan, quizá la pregunta no sea qué hace el fútbol por Colombia, sino qué puede aprender Colombia del fútbol: jugar en equipo, respetar reglas, reconocer al adversario y entender que ninguna victoria se consigue cuando el país se rompe en la cancha.

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Por Jimmy Bedoya Ramírez - @CrJBedoya

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