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Lecciones eternas de lo “imposible”

Descartar riesgos por pensar “positivo” y negar la probabilidad de lo “negativo” puede que les sirva a muchos charlatanes del “coaching”, pero es una irresponsabilidad.

hace 44 minutos
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  • Lecciones eternas de lo “imposible”
  • Lecciones eternas de lo “imposible”

Por Juan David Escobar Valencia - opinion@elcolombiano.com.co

Desde hace tiempo en mis salones de clase el único del siglo pasado soy yo, y eso es un reto que aumenta semestre a semestre porque ahora mis alumnos ni siquiera fueron testigos del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 a los EE.UU. Pero a pesar de la diferencia de edad hay algo que nos afecta a todos, y es el riesgo que significa la categorización de “imposible” de eventos potenciales.

Así como a ellos les resultaría “imposible” considerar a finales del 2019 que iban a ser testigos y víctimas de una pandemia global, que era algo tal vez entendible que le ocurriese a los humanos de un siglo antes pero no a ellos, también le hubiese parecido “imposible” a cualquiera de mi generación pensar el 10 de septiembre de 2001 que al día siguiente dos aviones se estrellarían y derribarían las Torres Gemelas de New York, otro impactaría al Pentágono y un cuarto pretendía que la Casa Blanca ya no fuera ni casa ni blanca.

Intento explicarle a ellos y a las empresas donde soy invitado a compartir ideas, que pocas cosas me parecen más peligrosas para una persona y para una organización que catalogar a algo de “imposible”. La calificación de “imposible” de algo es subjetiva, y el hecho de hacerlo no significa que realmente lo sea sino que usted “cree” que lo es. Eso podría parecer inocuo y libre de peligro, pero la realidad es que puede llegar hasta ser letal cuando una persona o una organización, sabiéndolo o no, se enfrenta a uno o varios enemigos. Cuando una persona o una organización dice que algo es “imposible”, crea un espacio de oportunidad para un enemigo, porque usted sacará del radar de vigilancia ese riesgo que por ser supuestamente “imposible” se descartó. Y este riesgo ha venido aumentando porque desde hace unas décadas se está olvidando, o dejando de enseñar, un concepto básico de la estadística que es la diferencia entre probabilidad y posibilidad, específicamente la creencia anestesiante que “algo de baja probabilidad de ocurrencia” es lo mismo que “imposible”.

Decir esto siempre acarrea una molestia, y es que la gente con cerebro no muy bien amoblado intenta evadir la discusión acusándolo a uno de “paranoico”, “negativo” y “pesimista”, que así como el “optimismo” he escrito desde hace años que me parecen conceptos primitivos, inútiles y fundamentalmente peligrosos. Descartar riesgos por pensar “positivo” y negar la probabilidad de lo “negativo” puede que les sirva a muchos charlatanes del “coaching”, pero es una irresponsabilidad. Los riesgos pueden reducirse pero no eliminarse, por “imposibles” que parezcan. ¿Quién iba a creer hace 25 años que sería imposible que la dirigencia de Al Qaeda, de orientación sunita, ahora no se refugia en Afganistán sino que es protegida por el régimen chiita de Irán, sus supuestos enemigos mortales?

Hace unos días David Luckey, un destacado analista y experto en seguridad y contrainteligencia de la corporación RAND, sobre las lecciones del 11S mencionó lo que denomina “el fracaso de la imaginación”: el no “anticipar cómo los adversarios podrían explotar las vulnerabilidades emergentes o inexploradas”; y por lo tanto sugirió que “Nuestro mayor activo es la capacidad de anticiparnos, adaptarnos y actuar, antes de que lo inimaginable se convierta en realidad”.

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