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Por Juan David Ramírez Correa - columnasioque@gmail.com
Hay frases que lo dicen todo y esta es una de esas: “Colombia es un arroz con mango”. Así arrancó la entrevista de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo con Cambio, instaurando desde el principio un entendimiento claro de las diferencias que existen en este país, las cuales están representadas en la forma de pensar de cada uno de ellos.
La entrevista tiene ejemplos de fondo. La postura de Paloma frente a la adopción por parejas del mismo sexo -cosa con la que no está de acuerdo- va en contravía de un debate que se supone saldado por la Corte Constitucional. Oviedo, sentado a su lado, dijo que él sí está de acuerdo. Como quedó manifiesta la diferencia, fue algo genuino. Cada uno en su posición, mirándose, y sin que el mundo se acabara.
Paloma Valencia tiene una trayectoria política coherente. Es el centro del Centro: firmeza en los principios, pero sin el fanatismo que espanta. Juan Daniel Oviedo ha sido un outsider, hecho bajo la figura del sentido común, donde los datos, el pensamiento propio y una vida que él mismo encarna como argumento, demuestran que se puede ser diferente, que estar en el centro no excluye mover el péndulo hacia los lados y que construir desde la diferencia no es patrimonio exclusivo del progresismo. Eso vale mucho.
En este país los años pasan escuchando a muchos hablar de la diferencia, para no llegar a nada. Este gobierno sí que lo ha hecho. Se ha hinchado como ningún otro la boca como reivindicador de las diferencias, pero en la práctica lo que ha hecho es aplicar el dogma del “estás conmigo o estás contra mí“. El petrismo vendió un proyecto que supuestamente abrazaba a los distintos, a los excluidos, a los invisibles. Tanto así que su viraje hacia la victoria electoral hace cuatro años se consolidó cuando el hoy presidente Gustavo Petro levantó la mano de Francia Márquez, mostrando la diversidad como bandera... La historia de Francia en el gobierno todos la conocemos: sin ton ni son.
No se extrañe por eso. En los últimos cuatro años, la maquinaria estigmatizadora ha estado aceitada de la mejor forma, encendiendo a sus fanáticos para arrinconar a los que no piensan así. Claro, es un juego populista disfrazado de salvación, donde las ganas de poder siempre están por encima de la construcción de un país tolerante e incluyente.
En época electoral, el ambiente en Colombia se torna pesado y destruir al otro es la vía expedita para ganarse al electorado. Campaña sucia que llaman. Quienes descalifican la fórmula Valencia-Oviedo dicen que por debajo del abrazo de tolerancia por la diferencia lo que hay es el engaño de la derecha. Ese arroz sigue siendo el arroz uribista, dicen. Ahí radica la incapacidad de reconocer que se puede construir desde la diferencia sin renunciar a lo que cada uno es.
¿Puede gobernar una fórmula que no comparte todo? Sí. De hecho, eso es exactamente lo que necesita el país: un balance para llegar a consensos que permitan superar la inseguridad que se mete hasta la cocina, la fragilidad económica, el desbordamiento del gasto público, los escándalos de corrupción, el desmantelamiento del sistema de salud y la estigmatización al sector privado como si el enemigo fuera el que genera empleo.
Colombia necesita una apuesta de sentido común que demuestre que el arroz con mango no tiene por qué ser maluco. Hace poco escuché algo muy interesante: el acuerdo nacional se debe basar en cómo ponernos de acuerdo en lo que estamos en desacuerdo. Hoy veo en Paloma y Juan Daniel la oportunidad de construir el acuerdo del arroz con mango.