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Por Juan Guerra - opinion@elcolombiano.com.co

Límites

14 de abril de 2026
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Por Juan Guerra - opinion@elcolombiano.com.co

La palabra límite viene del latín limes, limitis: una frontera, un camino que separa territorios, una línea que no solo marca hasta dónde llego yo, sino dónde empieza el otro. No era una idea abstracta. Era una condición para que el mundo no se desordenara.

Hoy en Colombia, esa palabra vuelve a ser urgente.

Yuval Noah Harari explica en Sapiens, De animales a dioses (2011) que el orden social no es natural: existe porque creemos colectivamente en él. Estados, leyes, instituciones, corporaciones, todo se sostiene sobre un acuerdo invisible. Funcionan porque asumimos que hay reglas, que hay límites, que hay líneas que no se cruzan.

Pero ¿qué pasa cuando dejamos de creer?

Lo ocurrido en la Cárcel de Itagüí, revelado por la concejal de Medellín Claudia Carrasquilla, no es solo un escándalo. Es una grieta. Porque la cárcel, en cualquier sociedad, representa un límite claro: quien cruza la ley pierde, al menos temporalmente, su poder sobre el resto.

Cuando ese símbolo se invierte, cuando desde adentro se celebran fiestas, se conserva el control y se proyecta poder, el mensaje deja de ser institucional y se vuelve cultural, el límite sigue existiendo en el papel, pero ha dejado de existir en la práctica.

Y cuando eso pasa, no solo falla una institución. Falla el acuerdo. Y Aquí es donde debemos reflexionar.

Hannah Arendt, en La condición humana (1958), plantea que el poder solo existe mientras se sostiene dentro de un marco de acción compartida. No es la fuerza lo que lo legitima, es el reconocimiento colectivo de sus límites. Cuando esos límites se diluyen, el poder no se fortalece: pierde legitimidad.

Un poder sin fronteras claras deja de ser autoridad y se vuelve arbitrario.

Y una sociedad que percibe eso entra en una zona peligrosa: la de la normalización. Lo que antes era excepcional se vuelve cotidiano. Lo que antes indignaba empieza a tolerarse. Y lo que antes marcaba un límite, queda abierto.

No es un problema de ideológico de izquierdas o derechas. Es un problema ético.

¿Qué estamos dispuestos a permitir?

¿Qué estamos dispuestos a justificar?

¿En qué momento dejamos de distinguir entre comprender un problema y ceder ante él?

Los límites no existen para restringir la vida, sino para hacerla posible. Son la forma en que una sociedad se dice a sí misma: hasta aquí. No por miedo, sino por dignidad.

El país que somos no se define por los discursos que pronunciamos, sino por las líneas que decidimos no cruzar. Y cuando incluso la cárcel deja de ser un límite, la pregunta ya no es qué país queremos construir. Es si todavía estamos a tiempo de reconstruir sus límites.

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Por Juan Guerra - opinion@elcolombiano.com.co

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