Pico y Placa Medellín
viernes
3 y 4
3 y 4
Por Juan José García Posada - juanjogarpos@gmail.com
No puede haber en la historia del poder ningún régimen que se libre de la amenaza implacable de la Espada de Damocles. Todo rey, mandatario civil, autócrata o republicano, justo y bueno y sabio o canalla miserable y mentiroso, sabe que puede llegarle el momento definitivo y temido en que la espada no le sirva como símbolo de dominación, arma legendaria de combate, reliquia para exhibir en las paradas militares o custodiar en el museo palaciego como joya para intimidar a los opositores con la alusión a hazañas reales o imaginarias. El momento en que la espada rompa la cuerda que la sostenga y se le clave en el pecho para cumplir su designio inexorable.
Que no nos desvelen las desequilibradas relaciones internacionales y el caso venezolano, los porqués de la extracción de Maduro y la extraña asunción del mando por sus conmilitones, el futuro próximo o lejano de la situación del alucinado mandatario colombiano, los caprichos y acciones predecibles del caricaturesco gobernante estadounidense, el ninguneo de María Corina y la falta de aire de la oposición, etcétera, etcétera. Pero una sola razón parece que se impone en el panorama de los hechos, una sola explicación general parece que exonera a los comentaristas y profetas de seguir haciendo especulaciones. La implacable Espada de Damocles parece próxima a romper la cuerda que la sostiene amenazante y clavársele no se sabe primero a quién, no se sabe en qué orden. Pero va a cumplirse la leyenda, va a realizarse la metáfora que llega desde la antigüedad griega.
La invención del cuento se le atribuye a un señor llamado Timeo de Tauromenio, en el siglo cuarto antes de Cristo. Era cronista de la Magna Grecia. El rey Dionisio, de Siracusa, le concedió a uno de sus cortesanos, llamado Damocles, reemplazarlo por un día en el trono, porque pretendía conocer cuál era el secreto del amor al poder. El tal Damocles descubrió que el mal genio del soberano se debía a la conciencia de los efectos inminentes de la espada. Podía disfrutar de todas las ventajas del mando, pero el final era ineludible. Desde entonces, la leyenda de la Espada de Damocles se ha reeditado incontables veces a lo largo de los siglos. A todo mandatario, bueno, regular o malo, o pésimo, le espera que se cumpla el vaticinio de la espada. Sea cual fuere el orden de preferencia del histórico instrumento, a todos ha de llegarles el turno, no se sabe en qué momento. No hay que esforzarse por saber cuál estará de primero, de segundo, o de último, en la sucesión de momentos cruciales. Todos los protagonistas estelares de la lucha por el poder, están condenados desde el primer día. La Espada de Damocles, como cantaba el ronco Joaquín Sabina en Quién más, quién menos: “la espada de Damocles era afilada, cortaba en dos pedazos la madrugada...” Así ha ocurrido siempre con la implacable Espada de Damocles.