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Las lecciones del atarván

17 de noviembre de 2025
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  • Las lecciones del atarván

Por Juan José García Posada - juanjogarpos@gmail.com

Poco importa si atarván puede escribirse con b o con v. En ambas formas se trata del sujeto maleducado, de modales groseros, patán, rudo, zafio. En una sociedad organizada no debería aceptársele como ciudadano recomendable, mucho menos como individuo investido de autoridad. Pero las costumbres cambian, se envilecen, hasta el extremo de que un atarván alcance a gobernar y recibir el favor de buena parte de los asociados. Se le tolera, se le aguanta y se le aplaude, aunque les falte al respeto a interlocutores, homólogos, subalternos, compatriotas o extranjeros, contradictores o amigos. Se cree con licencia para acabar con la honra y el buen nombre de los demás. No quiere saber qué es disculparse. Pero se siente víctima, perseguido, incomprendido y, por consiguiente, facultado para defender su comportamiento antisocial.

No nos sorprendamos si cada día se propagan más las conductas protagonizadas por discípulos y seguidores de los maestros de la grosería, el irrespeto y todas las formas de insulto y atentado contra la integridad moral y el derecho al prestigio y el buen nombre de los demás. El pésimo ejemplo de todos los atarvanes habidos y por haber es el que se asimila y se extiende. Es una forma de degradación del nivel educativo de todo un país. Si se han vuelto tan frecuentes la agresión verbal y física, el linchamiento de algún presunto infractor, el cobro extralegal de faltas máximas o mínimas, el estilo de ajuste popular de cuentas de Fuenteovejuna, la aplicación escandalosa de falsa justicia con palos y a puñetazos y patadas en vías públicas, qué vamos a extrañarnos, si esas son las lecciones que están convalidándose e impartiéndose desde el mismo poder institucional, mediante la provocación oral irresponsable y extralimitada con el megáfono potente de los medios oficiales de difusión.

Esa es la educación de moda, la maleducación, a partir de las lecciones de los individuos de modales groseros, patanes, rudos y zafios que se adueñan de las agencias más altas para sustituir la autoridad basada en el respeto y la sensatez como normas de convivencia. Gobernar es educar es un lema providente de buen gobierno. Eso era antes. Pasó de moda y se ha sustituido por la vulgaridad del desafío, la descalificación arbitraria, el insulto de un ministro a una magistrada, la invectiva difamatoria y calumniosa de un mandatario a un gremio, la belicosidad como regla corriente en las relaciones con estados y gobernantes contrarios, la amenaza contra los opositores, etc. La educación tiene que reinventarse, reconstruirse, restablecerse como base de la convivencia pacífica. Los maleducadores oficiales o privados que han sustituido a los maestros deberían recibir las más severas sanciones sociales de algún tribunal cívico integrado por ciudadanos originarios del magisterio de siempre. Ningún sujeto condenado como zafio, rudo, patán, debería desempeñar cargos públicos ni privados de prestancia, porque si es culpable de influir en el descaecimiento de la educación tiene que ser proscrito como un enemigo público y predicador de las lecciones del atarván.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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