Pico y Placa Medellín
viernes
3 y 4
3 y 4
Por Juan José García Posada - juanjogarpos@gmail.com
La llamada música popular es muy exitosa, en gran parte porque tiene la cualidad o el defecto de ser sátira o representación de las circunstancias sociales y políticas. Por ejemplo, la canción de La cantina, de los hermanos del celebérrimo Darío Gómez, alude al presunto poder del dueño de un establecimiento que vende licor sin competidores. Y trae a cuento una de las grandes ironías de este país, que necesita del monopolio departamental de las licoreras para sostener la educación, la salud y el deporte, responsabilidades vitales que serían imposibles si no fuera porque se financian con algo más de la mitad de las rentas del aguardiente. Los treinta y tres gobernadores tienen toda la razón para oponerse al reajuste del precio de los licores, por el obvio desmedro de las fuentes de sostenimiento de escuelas, hospitales y unidades deportivas. Esto, en un sentido muy pragmático, pero valedero.
Es indiscutible que por cada copa que se alce para brindar, cada bebedor está cumpliendo con el deber altruista de contribuir al bienestar de él y su familia, aunque la verdad está en que ayuda a incrementar la mayor causa de desgracias de este país, el alcoholismo. No hay familia que no tenga algún tío, papá, hermano, primo borracho. En la sola Medellín hubo en diciembre decenas de homicidios y centenares de riñas, en su mayor parte por embriaguez. Los datos sobre lo ocurrido en el país por iguales causas son casi escalofriantes y vergonzosos. Todo, al calor de los deseos fervientes de Feliz Navidad y próspero Añonuevo. Reajustar el precio, que no el valor, de los licores, comporta un descalabro para las administraciones departamentales. Es el verdadero círculo vicioso del alcoholismo antisocial, aunque, sin decirnos mentiras, lo malo del trago está en que para muchísima gente es bueno.
No se vislumbra siquiera alguna forma de estrategia para resolver ese círculo vicioso. Fortalecer las campañas de alerta y prevención sobre los estragos del alcoholismo puede resultar un pésimo negocio, por los motivos expuestos. Modificar la legislación vigente sobre los monopolios departamentales también puede ser contraproducente, así como centralizar la producción y la venta de licores despojaría de ingresos a las regiones, aunque parece que sea la tendencia del actual régimen estatizante. Y no se ha inventado otro método inteligente y eficaz para garantizar la vida financiera de la educación, la salud y los deportes. Vale la pena indagar por alguna solución que se haya adoptado en otro país, aunque se sabe que estamos ante un mal universal y antiquísimo que viene desde los tiempos de Noé, el patricarca antediluviano y campeón de los bebedores de vino. Nos toca resignarnos a la suerte de ser dueños del negocio, como canta Hernán Gómez Zapata con letra de su hermano Nelson: “Ya no me queda más que comprarme una cantina... donde pueda quedarme con amigos y amigas y así ahogar las penas que me ponen a beber”.