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Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 10 de julio de 2019

Jubilar a la “doctora Correa”

Por allá en los años noventa, en los pasillos de EL COLOMBIANO, un jefe de redacción solía decirme: “A usted le faltaron citas con la doctora Correa”...

Desde la Biblia se ha dado constancia de la amplia trayectoria de la “doctora Correa”, que durante siglos ha normalizado el maltrato infantil como “prueba de amor” (reforzado con la idea religiosa del sufrimiento físico como purificación del alma).

Francia acaba de aprobar la “Ley antibofetadas”, una reforma legal que prohíbe los castigos físicos a los niños. El primer país que desterró el maltrato infantil fue Suecia, en 1979. En los ochenta, le seguirían Finlandia, Noruega y Austria. Hoy, son casi sesenta los Estados que se han sumado a la Convención sobre los Derechos del Niño con la abolición jurídica de esa forma de abuso.

Puesto que en pleno siglo xxi la mayoría de países del mundo todavía no considera específicamente en su legislación la prohibición del castigo físico a los niños, los académicos todavía se ven obligados a organizar encuentros para presionar la formulación de políticas públicas. La Universidad de La Sabana, por ejemplo, fue la sede del I Encuentro Internacional sobre castigo físico; la misma institución presentó el estudio “Castigo físico: la voz de los niños en Colombia”, el cual reunió niños entre 6 y 17 años de las cinco regiones del país para hablar sobre reprimendas. Más de la mitad de los niños entrevistados aseguró que sus padres utilizan el castigo físico, de diversas maneras: mediante un objeto (47 %), una palmada (37 %), un pellizco (29 %) una cachetada (20 %) o una golpiza (7,9 %).

De acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo, en la región de Latinoamérica y el Caribe “los hijos de una madre con estudios secundarios completos o más tienen solo la mitad de probabilidades de ser castigados con severidad si se les compara con los hijos de una madre con escuela primaria incompleta o menos”.

Pero ¿bastará con la formación académica? ¿Será suficiente que en Colombia el Plan Nacional de Desarrollo aspire a reducir 43,6 puntos la tasa de violencias contra menores? Conozco profesionales que afirman sin pudor que “una ‘pelita’ de vez en cuando no traumatiza”: ¿acaso le pegarían a un colega o un vecino si hace algo incorrecto? ¿Por qué, entonces, sí lo hacen con su hijo?

Porque te quiero, no “te aporrio”.

Tengo tres hijos adolescentes que me superan en tamaño: ni mi esposo ni yo los hemos agredido (por supuesto que nuestros niños “nos sacan la piedra”, ¡pero jamás la tiramos!). A mi marido lo castigaron físicamente en la casa y en el colegio; a mí jamás me dieron “una pela”, a mi hermano sí. Es imperativo romper ciclos culturales, retornarle el valor al ejemplo, a la palabra como vía para aprender juntos, para resolver conflictos.

(El castigo psicológico es una historia aparte, tan repudiable como el físico: quienes pasamos por los tristemente célebres “juicios” del colegio La Enseñanza fuimos víctimas de ello. Por fortuna, desaparecieron).

Nuestra sociedad está harta de guapos que, incapaces de discernir entre generar temor y despertar respeto, despliegan su poder a fuerza de alaridos y rejo. Las leyes no bastan: nos urge un cambio cultural, un pacto social para jubilar a la “doctora Correa”.

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