Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8
La buena educación es un valor que tenemos que poner en un pedestal, porque es lo que nos separa de las bestias.
Por Humberto Montero - hmontero@larazon.es
James Bond baja de su flamante Aston Martin frente al hotel Splendide de la ciudad costera montenegrina de Budva. ¿Se sitúan? Hablamos del filme “Casino Royale” de 2006. Impecable con un esmoquin a medida, Bond entrega las llaves al aparcacoches, se gira y lanza un gargajo al suelo que casi perfora el asfalto de la radiactividad mucosa que contiene. Carraspea y repite el esputo con mayor sonoridad si cabe. Apura su última calada a un Montecristo y lo lanza contra el césped de la entrada. Así sin apagar. Sube la escalera de acceso rodeado de mujeres elegantemente vestidas, pero impertérrito se salta la fila por toda la cara y pasa primero sin mirar atrás. ¿Se imaginan una escena así? Seguro que nadie iría a ver cine a otro Torrente, ese personaje encarnado por Santiago Segura que ha hecho del mal gusto y la zafiedad del personaje un retrato sarcástico de lo más barriobajero.
¿Alguien ficharía para su equipo de fútbol a un personaje como el defensa argentino Leandro Paredes? No lo creo. El tipo más macarra de una selección donde abundaba el talento y que, por puro matonismo, quedó relegada a la nada, a la insignificancia. Paredes, si vieron ustedes la final del Mundial, está en otra dimensión. Otamendi es un pendenciero, a Enzo Fernández se le fue la olla, como a Nahuel Molina. Pero lo de Paredes es patibulario. Propio de una persona desquiciada y violenta.
Cómo sería que en todo el mundo se ha celebrado el triunfo de España. Incluso en Reino Unido, donde hasta el muy antiespañol diario conservador “The Daily Telegraph” escribió una crónica demoledora que arrancaba: “Fútbol 1- Delincuentes 0”.
La violencia es el recurso de los débiles y la mala educación, la caspa que muestran los necios. Esos hombres (o mujeres) que agreden a sus parejas o hijos son seres despreciables, pero sobre todo son cobardes. Los suicidas, tres cuartos de lo mismo, salvo que su enfermedad no les deje ver la luz. Y quienes tienen por costumbre la chulería, la agresividad y la intransigencia, son memos, por muy hombres que se crean. Pegar a alguien, agredirlo física o verbalmente, escupir o lanzar objetos, ir en manada como una jauría, solo muestra debilidad y falta de hombría.
No somos ejemplo de nada. Lo digo sinceramente. Pero España ha celebrado por lo alto su segunda estrella mundialista sin grandes altercados. Sin comercios saqueados, a pesar de los dos millones de personas que salieron a las calles de Madrid con 36 grados a las 10 de la noche. Sin coches quemados. Sin incidentes reseñables.
La buena educación es un valor que tenemos que poner en un pedestal, porque es lo que nos separa de las bestias: el raciocinio, la capacidad de dialogar, el mirar por los demás, cuidando los bienes comunes y ajenos, sin buscar engañar al prójimo, sin tretas ni triquiñuelas. Lo más fácil cuando no se llega a un acuerdo es tratar de imponerse, incluso con violencia si hace falta, pero ese debe ser el último recurso, no el primero.
La buena educación tiene que estar de moda siempre. Por nuestra convivencia y por pura supervivencia. Esto aplica también para el fútbol, un deporte apasionante si se juega por caballeros de verdad. Un tedio espantoso si lo juegan delincuentes.