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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 04 de febrero de 2022

La elegancia

Existo porque el Creador eligió crearme y su elección, por ser infinitamente sabia, es irrevocable. El Creador es el Maestro del divino arte de elegir. Todo cuanto existe es obra de la elegancia divina. Y, así, el hombre que cultiva su relación de amor con el Creador, que es la oración, se hace partícipe de la elegancia divina, que tiene en el mundo actual un largo camino por recorrer, tan sorprendente como estimulante.

Elegancia viene de elegir, que es tomar uno dejando muchos. Elegante es el participio de presente del verbo elegir, es decir, el que realiza la acción del verbo: elegante es el que elige. La persona elegante está dotada de gracia, nobleza y sencillez y tiene, además, buen gusto y distinción en el modo de vestir cuerpo y alma. La persona elegante sobresale por ser sencilla, refinada, delicada, perfecta.

En “Notas del vago estío”, José Ortega y Gasset habla de una mujer que entra, precedida de un anciano, al restaurante donde él está, “con una sonrisa tan leve y contenida como si una rienda espiritual la retuviese”. Esta mujer “revela en todo su ser un tesoro compuesto de horas de soledad”, y a quien “el divino gesto de elegir domina su persona”. Para el filósofo español, esta mujer “posee un arcano hinterland” (territorio interior), en que la elegancia y la vida interior van de la mano.

Sabemos por la creación que Dios eligió ser Creador. Todo cuanto existe es fruto del divino arte de elegir. “Y dijo Dios: hágase la luz y la luz se hizo”. El cielo, el mar, los astros, los peces y el hombre, en especial, todo es elección del Creador, fruto del divino arte de elegir. Quien se cultiva con esmero prestando atención a que su manera de sentir, pensar y actuar tenga el sello de la elegancia, participa, aun sin darse cuenta, de la elegancia divina, del divino arte de elegir.

Tarea estimulante por excelencia la de hablar, escuchar, comer, dormir, descansar y trabajar con elegancia. Quien así actúa lleva con elegancia hasta el andrajo que se pone. Azorín escribía a una amiga: “Pepita, la elegancia es la sencillez. Un escritor escribe tanto mejor cuanto más sencillamente escribe”. Elegancia y sencillez viven en sintonía.

El hombre de la pandemia siglo XXI tiene en la elegancia el desafío de su comportamiento, pues la chabacanería, la vulgaridad, el mal gusto y la ordinariez se abren camino todos los días. El espíritu de delicadeza, acogida, dulzura, comprensión y generosidad será causa y efecto a la vez de la elegancia de la vida cotidiana 

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