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La eternidad dura 90 segundos

Podría decirse que valió la pena vivir para constatar la solidaridad generada. Dios a veces peca y empata, como en esta ocasión.

hace 17 minutos
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  • La eternidad dura 90 segundos

Por Óscar Domínguez Giraldo - oscardominguezg@outlook.com

Este octogenario corazón permanecerá a media asta hasta que san Juan agache todos los dedos por la tragedia del lunes 10 de agosto que enlutó a millones de colombianos en el país del Sagrado Corazón que ese día había tomado compensatorio. Durante el temblor me sentí la diezmillonésima parte de nada. Debajo de mis pies sigue temblando. Ando con el tumbao que tenemos los sobrevivientes al caminar.

A la hora del temblor perseguía vocales y consonantes en mi computador. De repente sonaron las alarmas. El sismo fue largo como el olvido. Supimos que la eternidad dura 90 segundos. Uno le implora a la tierra que se aquiete, que es suficiente, pero la Pachamama tiene sus propios códigos. Margarita, la señora que me da muchas manos, y yo, nos miramos. Por dentro quedamos a la espera de que empezaran a caer cosas. Incluido el edificio que resistió. Gracias, constructores. Solo se cayó un portarretratos en el que mi mujer y yo nos damos un piquito. No entramos en pánico. En estos casos el manual ordena rezar o arrepentirse de haber pateado los códigos.

Podría decirse que valió la pena vivir para constatar la solidaridad generada. Dios a veces peca y empata, como en esta ocasión. Solo un ejemplo de solidaridad: Gilinski donó 150 mil millones de pesos; Santo Domingo, 100 mil millones; este Domínguez de la llanura hizo un aporte inicial a tono con su “flaca bolsa de irónica aritmética”.

Un amigo ingeniero electrónico contó en su costurero (=chat) que donde se encontraba un mundo de loros y pericos armaron tremenda algarabía: estaban anticipando el sismo. Los parlanchines plumíferos les madrugaron a los sismólogos que han sido incapaces de anticipar un terremoto. Con el gringo Charles Ritcher, creador de la escala que lleva su nombre, a lo máximo que ha llegado el orgulloso macho alfa es a medir el grado de los terremotos. El miedo, el susto, la impotencia que sentimos no los mide nadie.

Se registraron hechos bellamente insólitos. Como parejas que murieron abrazadas. En Manizales, madre e hijo se dijeron adiós bajo los escombros. Mateo Yepes Serna, joven periodista, se despidió así de Marta: “Te amo, mamá, chao, chao. Fuiste la mejor mamá del mundo”. Ella le respondió: “Mate, te amo, hijo. Gracias. Me hiciste muy feliz”. Finalmente, fueron rescatados con heridas menores. Una vecina de 100 kilos que tuvo que subir y bajar un piso prometió adelgazar.

Otro amigo, carpintero beethoveniano, comentó: Siento hasta culpa de estar ileso y tan bien. Le respondí que igual sentimiento tenemos muchos. Pero como dice la vieja canción estudiantil: Gaudeamus igitur..., que en una traducción bien arracha significa: Alégremos, mientras estemos vivos. Y quienes tuvimos una segunda oportunidad, aprovechemos para ser mejores y más solidarios. De otra forma, habremos perdido el año. Como el exinofensivo lunes 10A.

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