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La IA puede acelerar el aprendizaje pero no reemplazar el proceso que nos enseña a pensar.
Por Lina Valderrama - Comunicaciones.wic@womeninconnection.co
Una afirmación reciente en redes sociales planteó una pregunta provocadora, “si hoy existen herramientas como ChatGPT, Claude o Gemini, ¿para qué seguir gastando dinero en títulos universitarios?”. La discusión es válida cuando se cuestiona el alto costo de la educación superior y sus desigualdades. Pero se vuelve peligrosa cuando se confunde acceso a información con formación profesional.
La inteligencia artificial puede explicar un concepto, resumir un artículo, proponer una hipótesis o analizar grandes volúmenes de datos. Es una herramienta extraordinaria cuando se usa con criterio. Sin embargo, no sustituye la capacidad de formular buenas preguntas, evaluar la calidad de una respuesta, reconocer un error, comprender un contexto y asumir la responsabilidad de una decisión.
En Colombia, donde la OCDE estimó que una persona nacida en el nivel más pobre podría necesitar 11 generaciones (más de 300 años) para alcanzar el ingreso promedio, decir que estudiar ya no es necesario resulta especialmente problemático, porque si bien es cierto que la educación no garantiza por sí sola la movilidad social, sigue siendo uno de los caminos más importantes para ampliarla.
Por otro lado con respecto a cuestionar la idea de que un título no tiene valor económico, les cuento que la OCDE, también, ha encontrado que, en Colombia, los adultos con educación terciaria pueden ganar más del doble que quienes solo cuentan con educación media. El Banco Mundial, por su parte, documenta que la rentabilidad de la educación superior en América Latina continúa siendo significativa, aunque ha disminuido con el tiempo y no se distribuye de manera equitativa.
Ahora, lo afirmo también desde mi propia historia. Hacer un doctorado en Colombia cambió completamente mi vida, no solo me permitió acceder a nuevas oportunidades profesionales, también transformó mi manera de pensar, investigar, argumentar y relacionarme con el mundo. El doctorado me entregó conocimientos técnicos, pero lo más importante es que me enseñó a convivir con la incertidumbre, a defender una idea con evidencia, a aceptar la crítica y a volver a empezar cuando los resultados no confirmaban mis hipótesis.
La universidad también me formó a través de las personas, aprendí de profesionales de ingeniería, economía, biología y otras áreas; compartí proyectos, discusiones, desacuerdos y preguntas con compañeros cuyas historias de vida eran completamente distintas a la mía. Esa convivencia amplió mi mirada y ayudó a formar la profesional que soy hoy. Cada conversación formo en mi una forma diferente de analizar un problema, una sensibilidad nueva o abrió mi mente a nuevos cuestionamientos que no habría podido formular sola.
Esa dimensión no se descarga en una aplicación, la educación superior articula conocimiento, pensamiento crítico, ética, colaboración, disciplina y experiencia humana. Allí se conectan criterios, principios, historias y valores, esa combinación es la que hace especial a cada profesional.
Esto es particularmente evidente en el agro, porque una inteligencia artificial puede procesar datos climáticos, identificar patrones o sugerir una estrategia de manejo. Pero alguien debe verificar si los datos son confiables, interpretar las condiciones reales del suelo y del cultivo, valorar los riesgos económicos y ambientales y responder por la decisión tomada. El IICA advierte que la IA no reemplazará completamente a las personas; puede elevar el profesionalismo, pero requiere usuarios capacitados para interpretar sus resultados y enfrentar sus implicaciones éticas.
Entonces, el dilema no es elegir entre universidad o inteligencia artificial. La pregunta correcta debe ser ¿Cómo logramos que la educación prepare profesionales capaces de usar la IA de manera crítica, creativa y responsable?.
La IA puede acelerar el aprendizaje pero aún no puede reemplazar el proceso que nos enseña a pensar, esto en un país donde la pobreza todavía puede heredarse durante generaciones, defender una educación superior pertinente, accesible y de calidad no debe ser un sueño de pocos, debe ser una apuesta urgente por la movilidad y la autonomía.