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Juan José Hoyos
Columnista

Juan José Hoyos

Publicado el 30 de enero de 2022

La gran desbandada

Es un enigma que hasta el momento ningún economista ha podido resolver: a pesar de que los índices de desempleo han bajado y las empresas necesitan millones de trabajadores, cada vez más personas se niegan a volver a trabajar. Está sucediendo en Estados Unidos, pero también en el continente europeo, sobre todo en Francia y el Reino Unido.

Solo en noviembre de 2021, el Departamento de Trabajo en EE. UU. estimó que cuatro millones trescientas mil personas habían renunciado a sus trabajos y más de diez millones de puestos quedaron desocupados. En inglés los llaman quitters —que significa, literalmente, desertores—.

Esto quiere decir que hay millones de trabajadores que han desaparecido del mercado laboral. Ni la Reserva Federal sabe a ciencia cierta si han salido del mercado en forma definitiva o si volverán en el futuro. Algunos economistas han llamado a este fenómeno inesperado “la desbandada”. Los sectores donde las cifras son más preocupantes son aquellos donde el trabajo es más duro y la situación de los trabajadores, más precaria, como la construcción, el transporte o la atención sanitaria.

¿Por qué en los países industrializados hay tanta gente que ya no quiere trabajar? ¿A qué causas obedece este suceso impredecible? Tratando de encontrar una respuesta, leí varios artículos que intentan descifrar el enigma.

El diario El País, de España, recurre a Anthony Klotz, profesor de la Universidad de Texas, quien desde hace meses popularizó el término “gran desbandada”, para referirse al problema: “Quienes abandonan sus puestos suelen estar exhaustos emocionalmente a causa de la exigencia del trabajo, sumado a una situación global ya de por sí estresante... Sienten que necesitan imperiosamente una pausa para llenarse de sí mismos, después de haberse vaciado para el sistema... La pandemia les ha permitido darse cuenta de que necesitan mucho menos para vivir de lo que imaginaban y de que el activo más valioso del que disponen es el tiempo”.

Según el profesor Klotz, durante los confinamientos obligados de la pandemia, se han dado cuenta de que son algo más que sus trabajos y han descubierto placeres tan sencillos como cocinar o aprender algo nuevo cada día, y no quieren renunciar a ellos para volver al frenesí laboral.

Un periodista de El País recuerda un ensayo de la escritora estadounidense Toni Morrison, premio Nobel de Literatura, escrito dos años antes de su muerte. Morrison recordaba tres lecciones que aprendió para el resto de su vida en los momentos de frustración en su trabajo: “Tú haces el trabajo; no es el trabajo el que te hace a ti. Tu vida real es la que vives con tu familia. No eres el trabajo que haces; eres la persona que eres”. La historia más bella que encontré fue la de Elliot Kukla, un rabino que sufre fatiga crónica a causa del lupus y se dedica a acompañar a los enfermos y a los moribundos. Vive en EE. UU. con su hijo enseñándole a vivir sin ninguna sensación de urgencia impuesta de manera artificial. Su título me atrapó: “Quiero que mi hijo aprenda a ser perezoso”.

“En 2022, EE. UU. es un lugar agotador para vivir. Casi todas las personas que conozco están cansadas”, dice el rabino. “El descanso no debería ser un lujo; nuestro tiempo nos pertenece y no es una mercancía. Recuperar nuestro tiempo es un acto de soberanía sobre nuestras vidas, merecido por todos”.

“Es urgente que encontremos la manera de trabajar menos, viajar menos y quemar menos combustible, a la vez que nos conectamos y cuidamos más unos de otros. En otras palabras, es fundamental que dejemos de estigmatizar la pereza si queremos que nuestra especie tenga un futuro. El mundo está en llamas; el descanso ayudará a apagarlas” 

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