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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 11 de septiembre de 2019

La política y el cielo

Cuando la política hostiga, defrauda y hastía, es conveniente ponerla en su sitio. Estos tres verbos aplican para la actualidad de esta contienda electoral. Diríase que califican por igual la bronca que los ciudadanos han acumulado con los políticos.

Más aún, esta dolencia no es particularidad de Colombia. Es un enojo que arrasa con la democracia occidental y con los autoritarismos de Oriente. La ciudadanía se arranca los pelos porque ignora cuál sería la manera adecuada para manejar los asuntos públicos.

Pues bien, quizás se le está pidiendo demasiado a la política. Se la ha conectado directamente con la felicidad de todos. Se le pide poesía, cuando a duras penas puede proporcionar prosa.

El poeta romántico alemán Hölderlin entrevió lo que sería la base de este despiste. “Siempre que el hombre –escribió- ha querido hacer del Estado su cielo, se ha construido un infierno”.

En efecto, el Estado es incapaz de ofrecer un paraíso. Ningún gobernante, aunque no robe nada, aunque trabaje todas las horas, aunque vele por los pobres, consigue edificar un lugar donde sus compatriotas alcancen una dicha celestial.

El cielo de entre casa se realiza principalmente de puertas para adentro. Este es un proceso despacioso que comienza por la apropiación simbólica del mundo exterior. ¿En dónde estoy parado? Sigue con el desentrañamiento de la propia pasión interior. ¿Para qué soy bueno? Y continúa toda la vida en el despliegue de las alas. ¿Cómo me proyecto?

La política es apenas uno de los factores exteriores en este caminado. Sirve para poner orden y eficacia en las plataformas por donde circula el nervio colectivo. Pero no es la panacea. Incluso en medio de la peor política, los habitantes son capaces de elevar vidas poderosas.

Los totalitarismos, eso sí, pretenden inmiscuirse hasta en las sábanas blancas del lecho ciudadano. Por eso son buenísimos para construir infiernos. Mientras menos intenten abarcar los reyes, emperadores y presidentes, más felices circularán por las calles las libertades y gozos de las gentes.

Si la población diseña sus paraísos a la medida de sus ansias, poco trabajo tendrán policías, jueces y recaudadores de impuestos. Cada cual habrá satisfecho la medida adecuada de sus posibilidades y aspiraciones. Entonces pocos querrán perturbar el sueño vecino. Los cielos frenarán al infierno.

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