La invitación de unos queridos amigos para ver un espectáculo artístico se convirtió en la razón para visitar un casino por primera vez en mi vida, y espero que por última.
Si bien el evento se llevó a cabo en un auditorio, la entrada por el salón de juegos, inmenso, brillante y lujoso, era obligada para todos los asistentes que recibían un bono de cortesía, de muy poco valor, por cierto, para jugar en cualquiera de las máquinas. “Y si no sabe no se preocupe, ya le llamo a una asesora para que le indique”.
Mientras llegó la profesora me detuve a observar. Había cientos de personas, muchas de ellas como almas en pena, absortas frente a sus máquinas tragamonedas. Algunas les daban con la palma de la mano a las pantallas con tanta vehemencia que...