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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 27 de marzo de 2021

La procesión va por dentro

Sin procesiones y con ese tono menor que por las medidas de bioseguridad tendrá la Semana Santa, tal vez se nos abre una posibilidad de saborear a fondo el silencio interior en el que se deben vivir los misterios de la fe que se celebran. Entonces, haciendo de la necesidad virtud, como decía Santa Teresa, se deben aprovechar el silencio y la soledad que propician la no aglomeración y el aislamiento. Aunque parezca que vaya a ser una Semana Santa seca y a secas, desabrida.

Sea uno religioso o no, sea que asista con fervor y convencimiento a las ceremonias o que simplemente sean estos días un tiempo de descanso, el silencio y la soledad se palpan en el ambiente. Como si en el aire mismo aleteara un deseo de interioridad, de reencuentro consigo mismo y con la trascendencia.

Sería presuntuoso dar fórmulas para encontrarse con el silencio. Todas las escuelas de espiritualidad empiezan por ahí y ofrecen técnicas y planeamientos que pueden servir. Por desgracia, es de la condición humana quedarse en el embeleso del primer asombro, que suele brotar al iniciar el camino de la interioridad. Por ello, la mayoría de los procesos del espíritu se quedan rezagados, atrancados en las mediaciones. Se convierte el medio en fin y no se tiene el valor de renunciar a la tentación de quedarse en el camino. Los comienzos suelen ser más placenteros que las agonías de la madurez. Por eso las búsquedas espirituales pueden convertirse en pietismo, en agobiantes experimentaciones que no concluyen.

San Juan de la Cruz enseña, por ejemplo, que el éxtasis y los fenómenos místicos externos, somáticos, no son sino los estertores iniciales del encuentro con el Absoluto. A mayor vivencia de Dios, menor presencia de esos sobresaltos. La vida espiritual es un camino de despojo, de desnudamiento, de vaciamiento.

Es bueno tener en cuenta lo anterior para aventurarse en la búsqueda del propio silencio interior. Hay que estar preparado para entender la fuerza misteriosa que irrumpe en un alma que acepta la soledad, el silencio y el vacío. Dios está ahí, a la vuelta del camino, pero no es un comodín para llenar frustraciones, para justificar la autocompasión, para tranquilizar inquietudes.

Por el contrario, abrirse al misterio puede ser más perturbador, menos consolador de lo que pensábamos, de lo que nos decían y predicaban. La fe y la esperanza no son receticas fáciles para solucionar los problemas. Los iluminan sí, les dan un sentido. Y eso ya es suficiente milagro.

P.D. “Mientras más cosas deseadas llegues a poseer, más pobre eres. La riqueza de un alma debe medirse por su soledad” (Fernando González, “Pensamientos de un viejo”)

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