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Aldo Civico
Columnista

Aldo Civico

Publicado el 18 de diciembre de 2021

La ruptura

Era 1989 y en Sicilia la Democracia Cristiana encabezaba la lista para el parlamento europeo con Salvo Lima, quien tenía vínculos con la Mafia y era el jefe de la corriente política de Giulio Andreotti en Palermo; en aquella época, Andreotti era el hombre más poderoso de la política italiana. Otro líder era el joven Leoluca Orlando, expresión de un tentativo de renovación de la Democracia Cristiana, y quien después del asesinato de su mentor, Piersanti Mattarella, gobernador de la Sicilia, había decidido romper con cualquier mediación política con hombres de su mismo partido, quienes, se sospechaba, pertenecían a círculos mafiosos. A mitad de los años ochenta, liderando una alianza política anómala, que contaba con el apoyo del partido comunista y la oposición de la corriente política de Andreotti, Leoluca Orlando fue nombrado alcalde de Palermo y libró una lucha difícil y pública en contra del poder mafioso. Fue el comienzo de un experimento de transformación política conocido como la primavera de Palermo.

Por eso, cuando a Leoluca Orlando también le ofrecieron un cupo en la lista de la Democracia Cristiana para el parlamento europeo, el alcalde de Palermo se negó a aceptar. Convocó a los periodistas de los medios nacionales y explicó que no se podía presentar en la misma lista con Salvo Lima. Dijo en aquella ocasión: “Las decisiones tienen sentido solo si son coherentes con un camino trazado hasta el momento. Creo que la gente no entendería si encontraran, dentro de la misma lista, mi candidatura y la candidatura de una persona como el señor Lima, que es culturalmente alternativo a mi modelo de partido que trato de hacer. De hecho, Salvo Lima ha sido cuestionado reiteradamente con respecto a sus supuestas relaciones con círculos mafiosos”. De esta manera renunció públicamente a ser candidato. En años extremadamente difíciles y complejos, Leoluca Orlando había decidido emprender el camino de la ruptura y de esta manera se negó enfáticamente a promover alianzas con jefes políticos corruptos y mafiosos. Prefirió pagar el costo de no ser elegido, en vez de negociar intereses, votos y contratos. No era únicamente una cuestión de coherencia ética, sino la voluntad de demostrar que una política nueva no podía utilizar prácticas antiguas; lo nuevo sólo podía tener una posibilidad de emerger desde un acto de ruptura. O sea, fue un sublime acto político.

En estos días, he recordado la decisión de Orlando en 1989, al observar mucha facilidad ética en las candidaturas para la Cámara. Hay líderes que se presentan como una opción de discontinuidad con el pasado, pero muestran ser expertos en las prácticas de siempre. Como, por ejemplo, Gustavo Petro, quien al parecer no tiene problema al encabezar la lista a la Cámara del Pacto Histórico con David Alejandro Toro, hombre sin ninguna trayectoria política o social, miembro del círculo íntimo del alcalde Daniel Quintero. Y quizás lo más preocupante de la política colombiana hoy es precisamente esto: que ganar a toda costa, y con un discurso bonito, parece ser más importante que la voluntad de proponer un proyecto político de real ruptura

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