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David Escobar Arango
Columnista

David Escobar Arango

Publicado el 23 de enero de 2022

La urgencia de un relato

Querido Gabriel,

En su libro The Game, Alessandro Baricco describe las ideas “aerodinámicas” como aquellas que viajan con más facilidad por las redes sociales. Estas ideas no tienen que ser verdaderas; de hecho, parte de lo que las hace “volar” de teléfono en teléfono es que son borrosas, gozan de cierta imprecisión. A algo evidentemente cierto como “las empresas de Antioquia son poderosas” se adhiere una mentira como “las empresas de Antioquia se quedan con todos los contratos públicos” y la mezcla resulta en una narrativa completamente falsa: “el GEA se estaba robando todo”. He ahí una idea aerodinámica completamente contraria a la verdad, que se vuelve viral, aprovechándose de la frágil condición humana.

¿Hablamos sobre cómo actuar frente a la falsedad que destruye la confianza pública? Miremos con desdén al poderoso que miente con cara de jugador de póker y recordemos que la maldad es una forma de ineptitud, pero hagamos lo que nos corresponde a cada uno. Conversemos sobre oponer nuevas historias positivas, bellas y buenas ante las expresiones de rabia y destrucción.

El relato que más nos afecta es, quizá, el que nos contamos a nosotros mismos, y Antioquia ha tenido cierta capacidad de crear para sí una historia. La más antigua la cuenta muy bien Juan Luis Mejía, la “lucha contra los elementos”. Hace siglos, en una región difícil, montañosa, pero rica en oro, “tocó trabajar” y convertimos el trabajo en un valor. De allí emergieron el comercio, las empresas, las universidades y los líderes cívicos que hicieron que esta región jalonara durante décadas el progreso nacional.

Pero los relatos se agotan, son reemplazados por otros al dejar de incluir e inspirar. El nuestro perdió relevancia con la exclusión, la migración, la desigualdad y la pobreza. Surgió otro, un monstruo que estuvo a punto de tragárselo todo. Del afán por el dinero sin contenciones morales aparecieron el narcotráfico, el sicariato, el no-futuro, la ciudad inviable y violenta. Recordemos que este relato también tenía un supuesto héroe del que deberíamos vengarnos silenciosamente con el olvido, como aprendimos de Borges.

Sin embargo, hubo un quiebre y, en buena hora, fuimos capaces de soñar un nuevo relato, imperfecto pero amplio y audaz. La sociedad se levantó y recordó la importancia que tiene la cooperación para las grandes causas. Fuimos el “ave fénix” de las ciudades. Surgieron los proyectos urbanos, la gobernanza público-privada, la innovación y el emprendimiento, el énfasis en la juventud, la educación y la cultura. Claro, no era el país de las maravillas, el relato tenía grietas y tal vez lo de “la más innovadora” se nos subió a la cabeza. Pero antes de que pudiéramos corregirlo, afinarlo y completarlo, se metió por una de esas grietas algo que jamás imaginamos.

Aprovechando el dolor de los excluidos y el ensimismamiento de los líderes, llegó el relato populista y mentiroso, el de “todo iba mal hasta que llegué yo, todos roban menos yo y solo yo tengo el valor para enfrentarlos”. Relatos como este rompen la confianza, generan violencia, erosionan las democracias y destruyen valor social. Parece, afortunadamente, que la gente no traga entero, crecen las denuncias ante veedurías y entes de control y la opinión pública parece despertar. Frente al mal gobierno, la corrupción y la muy deficiente administración, llegó la hora de que la ciudadanía, la democracia y las instituciones cumplan su función.

Por otro lado, es fundamental ir más allá de la coyuntura. “Solo un relato puede sustituir un relato”, escribió Taleb. Recordemos que el optimismo es fundamental para el liderazgo y, luego de la tormenta, tejamos la próxima historia, encontremos un propósito, un nuevo relato en el cual podamos convivir en la diferencia, que nos engrandezca y nos impulse a construir juntos un buen lugar para vivir, para emprender, para crear y para amar  * Director de Comfama.

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