Hace 50 años en los restaurantes y cafés más “dediparaos” de la carrera Junín, en el Centro de Medellín, estaba prohibido el ingreso de los nadaístas. Esos poetas irreverentes y revoltosos que atormentaban con sus provocaciones a la sociedad católica y pacata de entonces. No podían entrar por ateos, peludos y desaliñados.
Es evidente, hoy, que en los restaurantes top de la ciudad los porteros y vigilantes tienen la instrucción inquebrantable de impedir el ingreso de músicos callejeros, vendedores de pulseras y, cómo no, de mendigos e indigentes. Ningún desharrapado tiene cabida allí.
En parte, es una política de los establecimientos para cuidar su imagen, pero es mucho más una exigencia de los clientes que no conciben pagar por un plato y estar...