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Juan José García Posada
Columnista

Juan José García Posada

Publicado el 11 de noviembre de 2019

LAS ENCUESTAS, EN INTERDICCIÓN

Los dictámenes de las encuestas se estrellaron contra la realidad de las elecciones de hace dos semanas. Firmas acreditadísimas no acertaron en la indicación de resultados posibles. Hubo justificaciones posteriores de ese colapso de la demoscopia, como por ejemplo la de que en el día previo a la jornada se auscultaron las decisiones de los votantes y coincidían con el veredicto final de las urnas, pero no podían divulgarse por causa de las restricciones normativas. Pudo ser, pero parece una explicación acomodaticia, que no le aumenta ni un grado a la confiabilidad hoy menguada de la medición previa de las tendencias ciudadanas.

Las sospechas sobre la rigurosidad de las encuestas no se limitan a las de la jornada electoral del 27 de octubre. La semana pasada volvió a informarse sobre el descaecimiento virtual de la popularidad del presidente Duque. ¿Cómo y por qué sí creer que esta nueva forma de chequear la disposición de los ciudadanos frente al primer mandatario y su gestión es acertada, si se tiene el antecedente muy cercano del descalabro de las elecciones regionales? ¿Dónde queda entonces la seriedad de las encuestas como instrumentos de indagación sobre el estado medible de las actitudes de la gente y las posibles tendencias de una sociedad y de la opinión pública?

¿Están las encuestas inficionadas por la misma aversión visceral a todo lo que pueda parecérsele al gobierno, que se manifiesta en declaraciones ligeras y apasionadas de los políticos matriculados o acomodados en el sector oposicionista? ¿Convalidan el pensar con el deseo, que resulta del revanchismo y el ánimo de venganza por la pérdida electoral de 2018, que no se fundamenta en verdades contundentes como la fuerza de las mayorías, en hechos evidentes, en el reconocimiento de las gestiones positivas, sino en chismes, decires, memes de las mal llamadas redes sociales, fake news y expresiones de una estrategia comunicacional corrompida, animada desde el vecindario? ¿Estará probándose, entonces, que entre la popularidad y la eficacia de un gobernante hay una relación proporcional inversa? ¿Con encuestas así está dándosele luz verde al populismo encarnizado y frenándose con luz roja el ejercicio serio, respetable y desmermelado del poder?

Es cierto que no todo lo que se declare en las encuestas deba cubrirse con el manto de la desconfianza. Por supuesto que señalan fallas, equivocaciones, desatinos en el gobierno, que debe identificar y reconocer esas señales de alerta para replantear planes, equipos de colaboradores y métodos de comunicación y sintonía oportuna con la gente. Que debe dejar de ser tan confiado y tan sobrado, porque las mayorías hay que hacerlas valer para conseguir gobernanza razonable y gestionar acuerdos dignos con los opositores. Pero que las encuestas están en interdicción, es una verdad casi de Perogrullo.

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