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Juan Gómez Martínez
Columnista

Juan Gómez Martínez

Publicado el 23 de septiembre de 2021

Le falló el truco

A pinturita le fue mal en su intento por hacerse conocer y aplaudir en el restaurante Agua Fresca. Como que nadie le paró bolas a su presencia, optó entonces por llamar la atención, se levantó de su silla, fue adonde la cantante y le mostró su puño, como se usa en tiempos de pandemia, para saludarla. Ella, profesional de la canción, no le hizo caso a la interrupción y siguió con su compromiso de cantar. La mala educación fue del mandatario.

El alcalde, herido en su ego, fue a la administración del negocio y armó tamaño alboroto. Al día siguiente, anunció que iría a cenar otra vez, pero que no debía estar la cantante Yaneth. Los propietarios, con toda la razón, conociendo al personaje quejoso, llamaron a la artista para decirle que no podía actuar esa noche y la despidieron. Le doy la razón a los propietarios, porque el alcalde ha dado muestras de su arbitrariedad y es capaz de cerrarles el negocio apelando a cualquier pretexto con visos de legalidad.

Supongo, y es pura especulación porque no soy testigo del caso, que nadie en el recinto se había dado cuenta de la presencia de la primera autoridad del municipio y él, con su ego, buscó la manera de hacerse ver, pero se encontró con una artista profesional que no se dejó llevar por la oportunidad de ser saludada por el alcalde.

¿Qué podría pasar si el hecho se presenta al contrario? Supongamos que el alcalde esté en un acto oficial pronunciando un discurso y llega al estrado un admirador, si es que los hay, y le tiende la mano para saludarlo. Mal haría el alcalde si suspende el discurso para hacerle caso al intruso. En el caso que comentamos, el alcalde fue el intruso.

La autoridad debe tener el valor suficiente para aceptar los reclamos del pueblo, aunque sea exagerada la actitud. Si a Quintero lo abucheó un grupo de veinte pelagatos, como él dice, a mí me abucheó todo un estadio y debí sonreír durante un buen rato. Siendo alcalde, el equipo Independiente Medellín me invitó para hacer el saque de honor en un partido internacional. Me pusieron la camiseta del equipo, hice el saque y salí por el lado oriental de la cancha para saludar al público. Me aplaudieron al principio, pero a un aficionado le dio por gritarme: “¡vendido, usted es del Nacional!”. Era cierto, yo soy del Nacional. De ahí en adelante, todo el público me gritaba: “¡vendido!”. Seguí dando la vuelta, sin pelear con nadie, saludando y sonriendo, ni decir que eran cincuenta mil pelagatos.

En otra oportunidad acababa de poner parquímetros en la zona comercial de El Poblado. Fuimos en un bus de escalera a ver armar las silletas para el Desfile de Silleteros en la Feria de las Flores, a la salida nos atajó una congestión de vehículos. La gente, al pasar, saludaba al alcalde; pasó una señora, seguro tenía negocio en El Poblado, y me gritó: “alcalde HP, nos vas a quebrar malpa...”. Solté la carcajada, en lugar de enojarme. No pasó nada 

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