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Barro

hace 1 hora
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

Fue Arriesgada pero no descabellada la decisión que tomó el joven acostumbrado físicamente a las tareas de campo. El agua en su paso rabioso había borrado los senderos y el barro que dejó como marca de la tragedia prácticamente devoraba todo lo que en él caía.

Cumpliendo el ritual de muchas de las cosas malas, nadie en la vereda esperaba una venganza tan cruel del riachuelo seco que soportó en su lecho toneladas de desprecio. Todo fue sonido y caos. Los metros que lograban ver mientras todo ocurría se alargaron paulatinamente a kilómetros con la luz de la verdad que traía el nuevo día.

Salvarse fue lo único que pudieron hacer quienes le decían al muchacho que hiciera caso a la corriente del destino y no se atreviera a ir en su contra. Allá, a donde se proponía volver, solo quedaba una selva que por la fuerza pareció empeñada en recuperar lo que le pertenecía. Ya nada quedaba en pie, le insistían. De hecho, los más positivos le aseguraban que si lo encontraba, estaría muerto.

En su cabeza solo había espacio para cumplir la promesa que hizo ante lo imposible cuando tuvo a su amigo entre brazos. Le dijo que en él siempre podría confiar, que convertiría el tiempo en su aliado para estar juntos, que donde estuviera uno, estaría el otro. Que cuando fuera necesario lo buscaría y movería cielo y tierra para encontrarlo, sin imaginar que la frase se transformaría en acción en ese momento que decidió remover barro y rastrojos para lograrlo. Con esa convicción lo vieron marcharse llenos de la incertidumbre de si regresaría.

En los cuerpos de quienes recibieron una segunda oportunidad, el barro ya estaba seco. Imposible quitarlo sin un lugar seguro para hacerlo. Ya los terceros y hasta cuartos auxilios se habían dado, cuando lo vieron venir luchando con el barro que le llegaba más arriba de las rodillas. Todos se equivocaron al ver que en sus hombros traía el cuerpo de a quien fue a buscar y que no tenía un milímetro de su pelo libre del color café de la tragedia que todo había arrasado.

Con el tono de una victoria trágica, de quien tiene la razón contra su voluntad, le dijeron que se lo habían advertido. Que no valía la pena el riesgo que corrió. Él, mientras se arrodillaba para poner el cuerpo con la delicadeza con la que se recibe a un recién nacido, les contó que no era así. Se habían equivocado porque no desapareció y tampoco lo encontró muerto.
Describió el esfuerzo para hallarlo a metros de distancia de donde lo inesperado lo arrancó de su lado mientras dormía a sus pies, pero que al encontrarlo y pronunciar su nombre levantó su cabeza. Que lamió su mano como el gesto usual de cariño, pero que esta vez lo hizo como agradecimiento, porque sabía que iría por él y solo entonces, había muerto.

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