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El olvido

Ella lo mira, le dice que tan querido, que quién sabe dónde se le habrá quedado, y sigue buscando en los recovecos del bolso,

hace 1 hora
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  • El olvido

Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

La señora había cruzado la barrera de los 50 y había dejado que el blanco tinturará su pelo de forma natural. No era perfecto, pero lo suficiente para resaltar que era natural. Así era ella. Franca. No es que tuviera aires de superioridad moral o de crítica a sus compañeras de generación. Por el contrario. Siempre resaltaba todo aquello que encontraba bello o admirable de las personas. Mujeres y hombres. Una personalidad cálida y amable.

Todas las personas le sonreían para saludarla con la calurosa amabilidad de ser una extraña de confianza. La reconocían tras más de diez años de madrugar y tomar en esa estación del metro la misma ruta para su trabajo. Habían visto como su falda se había ido alargando y su ropa ceñida se holgaba con los años. Su cuerpo se mantenía intacto, aunque ella era consciente que no ostentaba la misma firmeza. Es cosa del tiempo, del que dicen que cura todo. Incluso, la inseguridad juvenil tan esforzada de ser para los otros y no para uno mismo.

Así era ella. Segura. Amable. Tranquila. Incluso ese día cuando no podía ingresar por la barrera de la estación porque no encontraba su tarjeta. Buscaba y rebuscaba en el bolso, en los bolsillos, incluso, en la bolsa del porta comidas. Estaba habituada a cargar poco efectivo y esa mañana, al salir de afán, ni se percató que no tenía nada. Así estaba concentrada, revisando, con esa terquedad que invade el pensamiento de mirar una y otra vez en los mismos lugares, sabiendo que no encontraría nada. —Tranquila, pase por aquí— le dijo el guardia de siempre que ya la había reconocido.

Ella lo mira, le dice que tan querido, que quién sabe dónde se le habrá quedado, y sigue buscando en los recovecos del bolso. La gente sigue ingresando por los torniquetes y él, sosteniendo la reja de acceso de los empleados para que ella pase, le dice que era un milagro verla un domingo por la estación, que se la imaginaba descansando. Que pase tranquila que él la distingue. La mujer le sonríe y vuelve a revisar el bolsillo pequeño.

Escucha que seguro la tarjeta está por ahí refundida en su casa entre algún papel. Que él sabe quién es ella, le insiste. Finalmente, la mujer baja los brazos y en los breves espacios que le permiten una repentina carcajada, le dice que tan bello, pero que el papel que ni leyó, con la dirección a donde iba para encontrarse con una amiga, está con la tarjeta. Que ella también sabe quién es ella, pero que no ingresa porque no sabe para donde va.

Vivir sabiendo quién eres, incluso cuando a veces no tienes claro hacia dónde vas, también es tu destino. La vida se encarga de abrirte caminos. No te exige mapas ni direcciones exactas, simplemente te pide fluir mientras te permite ser. Si te mantienes con tu esencia, con tus valores, con todo aquello que marca el ser único que eres, nunca te vas a perder. Siempre tendrás sentido para avanzar en tu camino.

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