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La ventanita

hace 1 hora
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

Evitar el fastidio que le provocaba su esposa cuando se ponía en modo criticona fue lo que más agradeció el hombre al verla sonriendo y decir que había quedado perfecto el nuevo apartamento al que se habían mudado tres meses después de comprarlo. No era nuevo, pero la remodelación lo actualizó 20 años. No había huella de la obra. El equipo que contrataron cumplió con su palabra de dejar el sitio impecable.

En su primer desayuno en el nuevo hogar ella le comentó a su esposo que mientras lo preparaba, a través de la pequeña ventana de la cocina que daba al patio de ropas del vecino, lo vio colgando sus prendas. Advirtió que cuando tuvieran confianza con él le iba a recomendar un detergente y un ciclo de lavado para que dejara de gastar agua porque todo se veía percudido y amarillento. Se le ocurrió incluso compartirle la receta con vinagre y bicarbonato para limpiar el tambor de la lavadora, podía ser eso.

Era sábado y cada sábado el comentario lo convirtió en rutina. Ya no fue coincidencia que a la hora de alistar el desayuno el vecino colgara ropa. Un par de veces la leche se derramó y otras los huevos se quemaron porque su atención estaba puesta en el tendedero ajeno y no en sus trastos. En el tiempo que llevaban en el edificio se encargó de identificar plenamente al “ensuciador” de ropa, como decidió bautizarlo en una de esas videollamadas con su hermana para mostrarle el horror que le tocaba presenciar. Aunque la ropita tampoco es que se viera de muy buena marca, le confesó.

La mujer se encargó de distinguir no solo por su ropa mal lavada al agresor de la buena lavandería. Ya habían tenido oportunidad de empezar a intercambiar saludos en el ascensor porque al terminar sus respectivos oficios, el salía al gimnasio y ella a encontrárselo con la excusa de llevar la basura al sótano. Así, poco a poco —pensaba— iría teniendo la confianza necesaria para asestarle el golpe definitivo, para darle con todo respeto su consejo. Y ya lo había decidido.

Sería el siguiente sábado. Entre el reciclaje pondría un par de botellas usadas de vinagre, una bolsa de bicarbonato y otra del detergente desocupadas, de manera que pareciera espontáneo el comentario de lo eficientes que eran. Se lo había dicho ya a su marido, quien parecía llenarse más con los suspiros que le surgían cuando le escuchaba la carreta a la señora que con lo que le servía en el plato.

El grito de sorpresa fue la entrada del desayuno de ese sábado en el que ya tenía lista la bolsa del reciclaje y sus intenciones. Ni lo alcanzó a servir porque llamó al esposo con urgencia a la cocina para decirle que mirara, que por fin el vecino le había evitado la pena de hablarle y aprendió a lavar la ropa que ahora se veía impecable. Su esposo, besándole la frente, le susurró que impecable estaba el vidrio de la ventanita porque cuando fue más temprano por un vaso de agua, le había quitado el delgado plástico amarillo de protección que él sí notó y que los obreros habían olvidado retirarle cuando se trastearon.

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