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Pertenecer

hace 2 horas
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

En la tribuna a quien más se escuchaba gritar, era a una mujer. Su hijo era el que entraba a pocos minutos de terminar el partido. Aunque era uno de trámite que definía el tercer y cuarto puesto, para ella fue el partido de su vida.

Se había acercado a la banca para pedir que dejaran jugar a su muchachito. Él había estado allí sin falta los últimos 14 domingos gritando y animando a todos los niños con entusiasmo. Sin importar los resultados o el equipo, celebraba a todo pulmón los goles y lamentaba con sentimiento las derrotas. Por ello no era un desconocido.

Cada vez que terminaba un partido saltaba a la cancha y abrazaba a los 10 jugadores de los dos equipos. Era uno de ellos, uno de todos. Por ello aceptaron la propuesta, incluso con entusiasmo, porque más que especial, era muy especial.

Al recibir y ponerse el uniforme, el mundo entero cabía en su sonrisa. Grande como ese corazón que le costaba entender de rivalidades y competencias. Y así saltó a la cancha, sin táctica, sin estrategia, puro corazón.

Los dos equipos jugaron a su favor. 9 niños organizados en un enfrentamiento para engrandecer su espíritu. Sin conseciones, sin pesares, sin consideraciones con lo que su instinto les indicaba. Ni con él.

Su ingreso regresó a la vida a las tribunas. Eran todos con él, ninguno contra nadie. Fue desde allí donde el grito de gol rompió la tranquilidad del barrio entero cuando él lo marcó. Un penalty definitivo que venció la indiferencia.

—Cuando nada interfiere con la naturaleza humana, la bondad encuentra su lugar en todos los corazones— fue lo que dijo ella, para concluir la historia con la que cerraba sus palabras en esa ceremonia de homenaje a su hijo, quien falleció días antes.

Hay una diferencia enorme entre dejar que alguien esté y querer que esté. La primera no cuesta nada, es apenas la decisión de no cerrar la puerta. Esa presencia fue permitida, no buscada y eso se siente. Siempre se siente. La segunda es otra cosa.

Hacerle un lugar real a alguien implica moverme yo para que quepas tú, que tu ausencia se note, que cuando llegas algo cambie. Eso no se aprende en un curso ni se finge con buenas intenciones. Ocurre o no ocurre.

Pertenecer de verdad no es un derecho que se exige ni una gracia que se ruega. Es algo que ocurre cuando otra persona decide, en un momento ordinario y sin que nadie la obligue, que tu presencia importa. Que el mundo contigo en él es irremediablemente distinto a su mundo sin ti.

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