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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 10 de diciembre de 2015

Lo que le espera a Venezuela

Este pasado domingo 6 de diciembre el chavismo sufrió su primera gran derrota electoral en casi quince años de control sobre el gobierno y las instituciones venezolanas. En unas elecciones menos controversiales de lo que muchos advertían y otros esperábamos, la Mesa de Unidad Democrática, el grupo político que reúne a los partidos de oposición, ganó al menos 110 escaños en la Asamblea Nacional de Venezuela.

La derrota del oficialismo del presidente Nicolás Maduro estaba anunciada. El desgaste político de una década y media del proyecto político de extrema izquierda y los pobres resultados en materia de gobernabilidad y desempeño económico del país parecían condenarlo. Y aunque el voto es todavía muy reciente para medir la respuesta del chavismo a esta derrota, las primeras muestras dan cuenta de más resignación que directa oposición –incluso en contravía de las amenazas proferidas por el mismo Maduro unas semanas atrás-.

El caso es que la victoria de la oposición en los comicios da cuenta de una nueva realidad política en el país, se ha superado la “polarización”, en tanto se constituye una mayoría política y todo indica una transformación en las preferencias políticas de los venezolanos. La democracia se recupera de a poco, lamiéndose las heridas de década y media de ataques. Y aunque uno podría encontrar dos grandes culpables de la crisis actual –el mismo chavismo y la caída de los precios del petróleo-, desde la lejanía se perfila un problema que no solo ayudó al descuadre actual, sino que supone uno de los desafíos más importantes de las fuerzas políticas venezolanas que buscan cambiar el rumbo de su país: la corrupción.

Uno podría llamar a lo de Venezuela como un incrementalismo corrupto. Es decir, cuando el autoritarismo lleva a la persecución, esta al desfalco y aquella a la protección de los corruptos que preservan y mantienen al régimen. En ese momento se establece un círculo vicioso de conspiración corrupta, como un dilema del prisionero donde cada parte del sistema tiene que proteger las acciones violentas o corruptas de los otros para que todo no se venga abajo.

De igual manera, para que el sistema siga andando la conspiración corrupta debe controlar las instituciones del Estado, las legislativas, pero sobre todo las ejecutivas y las judiciales; mientras que se hacen importantes esfuerzos por modificar las reglas de juego de tal manera que, sin perder las formas democráticas, mantenerse en el poder sea fácil pero acceder a él, sobre todo reemplazando a los que lo detentan, sea difícil.

Lo cierto es que lo más complejo está por venir para los venezolanos –desorganizar una casa es siempre más fácil que organizarla-, peor aún, la oposición tendrá que presentarse como una alternativa viable para gobernar, debería mantenerse unida y, sobre todo, le va a tocar enfrentar un montón de instituciones formales e informales que han sostenido al chavismo y a lo peor del régimen. Desmontarlo será una tarea digna de admiración.

¡Toda la suerte para los atrevidos!

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