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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 13 de febrero de 2020

Lo realmente importante

Hay un cuento de León Tolstoi que me gusta leer con cierta frecuencia y compartirlo todas las veces que puedo. Es cortico, y de tanto leerlo casi recuerdo frases completas que me apaciguan el alma. Ese cuento, que está en una vieja antología que editó Porrúa hace mucho, se llama “El zar y la camisa”, seguro también lo encuentran en internet y no diré nada más, prefiero que ustedes lo busquen y sepan de qué les hablo; para mí, es un cuento que nos recuerda qué es lo realmente importante en la vida, lo esencial y, de paso, se antoja uno de leer más al buen Tolstoi.

¿Qué es lo esencial para cada uno de nosotros? ¿Con qué no podríamos vivir? ¿Qué necesitaríamos para estar tranquilos? Vuelvo sobre un fragmento precioso de uno de esos libros que también me da lo que siempre estoy buscando: tranquilidad. “Tanto más se piensa, más se debe meditar: esa es la regla. ¿Que por qué? Pues porque cuanto más llenamos la cabeza de palabras, mayor es la necesidad que tenemos de vaciarla para volver a dejarla limpia”. Si este libro también les interesa, se llama “Biografía del silencio”, de Pablo D’ors, se lee fácil, como pequeños salmos que dignifican la quietud, la conexión profunda con el ser humano.

La cabeza sí que se contamina, sin duda, a veces da vueltas y vueltas y rompe el alma y el sosiego; tal vez por eso, además del silencio, son necesarios para seguir viviendo los espacios donde es posible olvidarse de toda la inmundicia política, la corrupción, los favorcitos y el insoportable mundo de los egos. Uno camina por nacimientos de agua, por los bosques y el mar, y en medio de esa tranquilidad, se hace precioso el sueño de volver a nacer y no tener en la memoria tantos fragmentos del pasado, uno que otro intento de rencor, tantas cosas que no significaron nada. Uno quisiera volver a nacer en la selva, o en una mancha de espuma del mar, o esconderse muy bien dentro de un árbol gigante y creer que todos necesitamos un espacio y podemos tenerlo sin necesidad de asesinar a nadie, mucho menos robarle la tranquilidad, los sueños.

“¿Y el propósito de mi vida? El propósito es vivir”, dice Goncharov en esa novela que empecé a leer casi providencialmente: “Oblomov”, y cuyo designio comparto plenamente en este instante, bajo la quietud que sugiere la historia, mientras me van llegando un montón de reflexiones fuertes sobre lo que realmente importa.

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