Pasé tres semanas de julio en Europa, entre el trabajo (poco) y el descanso (al que me resisto a entregarme). Todavía ahora escribo desde Cerdeña, una isla del mar Mediterráneo y región autónoma de Italia. Caminando por los pequeños puertos de la isla, así como por los de Córcega, sintiendo la placidez que todavía envuelve la vida de esta gente, no pude evitar la nostalgia por lo que nunca hemos vivido los metropolitanos.
En aquellos tiempos no había el furor por la información en tiempo real. Es verdad que la noticia de un ataque pirata a una localidad entre Génova y Split llegaba a Nápoles en tres horas, gracias a los fuegos que encendían los responsables en tales ocasiones en torres a lo largo de la costa de Portofino.
En la actualidad no...