Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 22 de diciembre de 2018

Los aromas de Navidad

El aire navideño está cargado de aromas que, aunque nos empecinemos en taparnos las narices, acaban metiéndose por los poros y nos impregnan de algo indefinible. No sé. Nostalgia, ternura, alegría, religiosidad... Lo que sea.

Se abren las viejas cajas donde se guarda el pesebre y la primera tufarada de los encerados y el musgo hace estremecer, allá en los recodos del alma, al niño dormido que llevamos dentro. Lo mismo ocurre cuando se oyen los primeros villancicos, pero son sobre todo los olores los que acaban imponiendo su ley de añoranzas y recuerdos. Que, querámoslo o no, acaban hundiéndonos en la soledad.

Porque Navidad, a pesar del ruido y la batahola, es época de soledad. De soledades fecundas, en las que el misterio aflora detrás del corazón como un reclamo o como un remordimiento. Tal vez como una posibilidad de recuperar la inocencia perdida. No lo digo por mojigatería, sentimentalismo o pietismo fofo. Es eso que tarde o temprano le ocurre al ser humano: encontrarse solo y desnudo frente al Absoluto. Frente a Dios, por más señas. Un encuentro que no suele darse sino en la soledad.

La soledad tiene un aroma especial, definido. La soledad refina el olfato. Usted puede olvidarse de todo, del ruido, de las sensaciones táctiles, hasta del sabor de su propia saliva, pero le quedará abierto siempre el postigo de los olores. A través de ellos se cuela la realidad. Y son también los olores, los aromas, la mejor huella del recuerdo.

Ese perfume que, de pronto, en la esquina más imprevista, me hace volver la mirada en busca de una presencia invisible e inesperada, recuerda un amor del pasado o las cenizas de una pasión imposible. Abro este libro olvidado en la biblioteca y de sus páginas brota un olor que revive y revolotea a mi alrededor como una mariposa inquieta e impertinente.

Navidad es tiempo de aromas. Que indefectiblemente hunden en la soledad. No es simple nostalgia, ternura o religiosidad. Es algo que está hecho de todo eso: la irrenunciable soledad del ser humano. Soledad que no es aislamiento, incomunicación o desprecio de los demás, sino todo los contrario: fecundo abrazo amoroso. Solo se aman bien los solitarios, los que saben que aun en la más íntima y estrecha unión de los amantes, cada cual tiene un recinto de soledad infranqueable. Las soledades, en el amor, se juntan, como la piel de los cuerpos desnudos. Y en eso radica la entrega.

Navidad, tiempo de olores, de aromas. Huele a musgo, a pesebre, a inocencia, a alegría. Huele a ternura. Huele a misterio. Huele a Dios. ¡Felicidades!

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