Se afirma con insistencia que todos los colombianos somos responsables de la guerra, por acción u omisión. Que cada cual habría podido hacer más para pararla, acortarla, eliminarla. Que, por lo tanto, íntegros los habitantes de este martirio cargamos con culpa.
Este discurso se asemeja al del pecado original. Cada niño nace, según esta doctrina, con una mancha impresa en su inocencia. A pesar de que el bebé no tiene que ver como individuo con esta lacra del destino, su vida queda inclinada hacia el mal.
Fechorías de antepasados ignotos, heridas milenarias que tienen comienzo en mitos, se manifestarían como estigma desde el primer segundo de la luz. Nadie logra descifrar la razón de este desequilibrio máximo en medio del orden universal.
Pues bien,...