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Publicado el 13 de enero de 2022

Los guardianes del arte

Por Sergio C. Fanjul

A pesar de que vivo muy cerca de los grandes museos madrileños/nacionales, trato de visitarlos con bastante frecuencia. En los últimos años el panorama ha cambiado bastante, no tanto en lo que se expone cuanto en las personas que van a ver lo expuesto. Es por las cámaras que van instaladas en los smartphones.

Los visitantes tienen ahora un aliciente más, que es sacar fotos a las obras (que probablemente ya se encuentren en Google) y enseñarlas luego en redes: yo estuve allí. Es otra vuelta de tuerca en la era de la reproductibilidad técnica, que dijo Walter Benjamin. Ignoro si eso ha influido positivamente en las visitas. Lo que sé es que enfrente del Reina Sofía ya han abierto un local especialmente decorado y colorido para, previo pago de entrada, hacerse selfis guapas.

Algunas vanguardias artísticas se quejaron en el siglo XX de la unidireccionalidad del hecho artístico: unos lo producen y otros lo miran, normalmente sin posibilidad de interacción. Las cámaras y la posterior exhibición en Instagram hacen que se posibilite algún tipo de participación, más allá de la contemplación adocenada. Vamos, que es bueno que saquemos algo en limpio (unos buenos likes, me refiero), ya que vivimos en la era de las experiencias.

Además, no solo se sacan fotos de las obras, sino que también se pueden manipular esas imágenes (el espectador se convierte en artista) o posar lánguidamente delante de una instalación, como le he visto hacer a algunas jóvenes influencers, de esas que van con un amigo a modo de fotógrafo. Algunas de las imágenes que cuelgan luego en Instagram molan más que la pieza original. En el Met de Nueva York, por cierto, ya hace tiempo que se celebró una expo de fotos tomadas con móvil.

Al principio algunos museos no permitieron el uso de las cámaras, de modo que los guardas de sala, los verdaderos guardianes del arte, que se pasan la jornada laboral mirando cómo otros miran y practicando la meditación zen, debían de volverse locos para evitar los disparos furtivos. Luego, en vista de lo hercúleo de la tarea, las instituciones decidieron relajarse. En el Reina Sofía se pueden sacar fotos en todas las salas, excepto en la del Guernica (obra custodiada por dos cancerberos), pero también en las aledañas: se teme que algún audaz fotógrafo furtivo consiga sacar un tiro escorado del Guernica salvando alguna esquina, como el delantero que la mete con efecto y por la escuadra.

De modo que los guardas de sala de esa zona del museo se pasan el día regañando al público, “no foto, no foto”, algunos con más gracia que otros. No sé si es cansino o excitante. El otro día hablé con una guarda, de las majas. “Bueno, así no es tan aburrido estar aquí vigilando”, le dije. “Sí, parece que se pasan las horas más rápido”, me confirmó 

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