El ataque del presidente del Senado, Ernesto Macías, contra el gobierno saliente, además de artero y a mansalva —mañoso por sus verdades a medias y sin posibilidad de réplica en medio de una posesión presidencial— vendió al mundo un país al filo del apocalipsis, o de la hecatombe, como diría su patrón.
El derecho a la libre expresión del congresista embistió las responsabilidades que lo asisten en relación con sus compañeros de foro. Emitió su opinión sobre el estado en que se encuentra Colombia, para él calamitoso, sin consultar a los demás “padres de la patria”. No fue la suya una voz unánime, legitimada por el consenso de las cámaras que representa, sino que se trató solo de su eructo bilioso.
Un discurso dañino y matrero. Mal escrito. Con...