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Por María Adelaida Saldarraga - Comunicaciones.wic@womeninconnection.co
En las empresas familiares, las asambleas tienen una complejidad especial. No solo se toman decisiones económicas; también se cruzan historias, afectos, expectativas y silencios acumulados durante años. Por eso, muchas veces, lo más difícil no es aprobar un balance, sino sostener una conversación honesta.
A diferencia de otras organizaciones, aquí el apellido pesa. Las decisiones no solo afectan utilidades, sino relaciones que continuarán existiendo mucho después de cerrar la reunión. Padres e hijos, hermanos, primos. Roles que se mezclan y, cuando no se gestionan bien, terminan confundiendo autoridad con afecto y propiedad con capacidad.
En muchas empresas familiares, las asambleas se convierten en rituales incómodos. Se evita el conflicto, se posterga lo importante y se protege una aparente armonía que, en realidad, debilita el negocio. Lo que no se habla no desaparece; se acumula. Y suele salir de la peor manera, en el peor momento.
Estas asambleas son el espacio donde se define si la empresa será sostenible o simplemente heredada. Allí se decide si el mérito tendrá lugar, si las reglas serán claras y si la siguiente generación llegará preparada o solo legitimada por el vínculo familiar.
Uno de los errores más comunes es confundir igualdad con justicia. Tratar a todos igual no siempre es lo más justo para la empresa ni para la familia. La verdadera equidad exige conversaciones difíciles, acuerdos explícitos y reglas que se respeten incluso cuando incomodan.
También es en la asamblea donde se define la relación entre familia, propiedad y gestión. Cuando estos tres ámbitos no están claros, el desgaste es inevitable. La empresa se vuelve un campo de tensiones emocionales y la familia, un espacio de conflictos no resueltos.
Hablar de profesionalización no significa perder el alma familiar. Al contrario. Significa cuidarla. Poner límites, establecer gobiernos claros y separar los roles es una forma de proteger tanto el negocio como los vínculos.
Las empresas familiares son una fuerza fundamental de la economía y del empleo. Pero su continuidad no está garantizada. Depende, en gran medida, de la calidad de sus conversaciones y de la madurez con la que se toman decisiones clave.
La asamblea familiar no es solo un requisito legal. Es el lugar donde se define si el legado será una carga o una oportunidad. Y donde se demuestra que querer a la familia también implica tomar decisiones responsables, incluso cuando no son las más cómodas.