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Permitámonos soñar

hace 1 hora
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Por María Bibiana Botero Carrera - @mariabbotero

Arranca la Semana Santa y con ella, una pausa que hoy se siente contraintuitiva: la pausa del silencio.

Para millones de colombianos es tiempo de recogimiento. Una invitación —cada vez más escasa— a bajar el volumen del ruido cotidiano y a mirar hacia adentro. Quizás este año, más que nunca, necesitamos ese ejercicio. Colombia lleva demasiado tiempo en medio del ruido. En el ruido político, electoral, en la confrontación permanente, en la indignación diaria. Un país que amanece y anochece atrapado en lo urgente, mientras lo importante sigue esperando.

Por eso hoy quiero proponer algo distinto. Aprovechemos esta semana para un alto y permitirnos algo que también hemos ido perdiendo: la capacidad de soñar.

Soñar con el país que sí queremos, para no resignarnos al que nos tocó. ¿Qué tal si por unos días dejamos de reaccionar a cada trino, a cada escándalo, a cada provocación y nos damos el permiso de imaginar?

Imaginemos un país donde lo básico esté garantizado. Donde la seguridad —física y jurídica— no sea privilegio, sino una condición mínima. Donde el acceso a la salud funcione. Donde los niños estén protegidos. Donde la educación abra puertas reales y no reproduzca desigualdades. Donde las mujeres estemos representadas. Donde entendamos la biodiversidad como uno de nuestros más valiosos activos. Imaginemos un país donde cada persona pueda construir su proyecto de vida con dignidad. Donde el origen no determine el destino y donde el talento encuentre oportunidades.

Un país donde la conversación pública esté en otro nivel. Uno en el que no tengamos que levantarnos todos los días a pedirle al poder respeto: por las mujeres, por la oposición, por las instituciones, por las Fuerzas Armadas.

Un país donde no esté en duda la Constitución del 91 como nuestra carta de navegación. Donde la separación de poderes no sea materia de discusión, sino un principio incuestionable. Donde las reglas del juego democrático se respeten sin matices. Imaginemos un país donde no tengamos que explicar lo obvio.

Donde entendamos —sin ideología de por medio— que el desarrollo exige un Estado que funcione bien, que garantice condiciones, y un sector privado fuerte, capaz de generar empleo, inversión y oportunidades. Un país donde el cierre de las brechas sociales sea una prioridad compartida, no una bandera de unos contra otros. Y más aún, imaginemos un país que mire hacia el futuro.

En el que estemos discutiendo cómo adoptar tecnología, cómo insertarnos mejor en la economía global, cómo formar a nuestros jóvenes para los desafíos que vienen. No cómo resolver, una y otra vez, lo que ya deberíamos haber superado.

Porque mientras el mundo avanza, nosotros seguimos atrapados en debates inanes.

Soñar no es ingenuo. Soñar es necesario.

Los países que logran transformarse son aquellos que, en algún momento, fueron capaces de imaginarse distintos y ponerse de acuerdo sobre el rumbo.

Tal vez esta Semana Santa nos da esa oportunidad: la de hacer silencio, tomar distancia del ruido y preguntarnos, con honestidad, qué país queremos construir.

Ese país no va a aparecer por inercia. Debemos decidirlo, construirlo, defenderlo.

Y todo empieza por algo que hemos olvidado —pero que sigue estando a nuestro alcance— atrevernos a imaginar un país mejor.

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